El cuento en cuarentena | El caso del señor E

Foto de Joel Filipe en Unsplash

Por Carlos Ramos

El siguiente relato es una historia que está más allá de lo imaginable por el ser humano. Algunos dirán que es una invención mía y que lo dicho aquí es imposible, lo cierto es que ocurrió y lo narraré lo más fiel que me sea posible.

Era el 14 de febrero de 20… estábamos en nuestro turno de guardia en el hospital, todo estaba tranquilo, a las dos de la tarde ingresó el señor E., estaba muy debilitado y se le debía transfundir dos unidades de sangre, las plaquetas y la hemoglobina estaban tan bajas que era casi un milagro que siguiera vivo. Mi compañero era el encargado de hacer ese trabajo, porque él tenía a su cargo los cuartos del 100 al 103 y el señor E., estaba en el 100, el más cercano a la base de doctores  y enfermería.

Para el día 16 fue necesario ponerle dos unidades más, los niveles sólo mejoraron un poco, pero seguían siendo de riesgo. Todo esto lo sé porque en la base de enfermería lo platicamos. Para mantenernos informados y para saber qué hacer cuando alguien se ausenta, nuestro compañero nos habló del caso del señor E. Lo dije —y ahora me arrepiento— el señor E. es un vampiro, sí es “the vampire”, lo dije con sorna, ese señor es un vampiro.

El día 19 nuevamente le pusieron dos unidades más, nuestro compañero nos contó que los doctores que lo estaban tratando no encontraban la causa de este padecimiento. Le ordenaron varios estudios, entre ellos, colonoscopia, endoscopia, algunas radiografías, pero no encontraban qué causaba el mal; no había sangrado visible ni interno, al principio le dieron anticoagulante pero no sirvió de mucho, después, y ya en un grado desesperado le ordenaron un tomografía, pero no encontraban la causa.

Para el día 21 se le transfundió una unidad de sangre y otra de plasma, esto era una situación alarmante. A pesar de esto, el paciente no mejoraba. Su aspecto estaba deteriorado y no era grato a la vista, estaba muy pálido, los ojos se le habían sumido y los huesos resaltaban mucho en su cuerpo flaco, en su cara los pómulos casi se le salían y la quijada se le veía más alargada.

Le tuvieron que cambiar la aguja de la canalización porque se le tapó, fue algo muy complicado volver a ponerla porque no encontraban la vena ya que éstas no tenían color. El señor E. estaba demacrado y no tenía fuerzas, desde que ingresó estuvo en cama. No logramos contactar con sus familiares o alguien cercano, llegó solo al hospital y así permaneció.

Los doctores ya estaban desesperados, porque ninguno de ellos había visto un caso así, la sangre simplemente desaparecía, no era anemia, cáncer, sida o alguna enfermedad conocida. Se programó el traslado al Hospital Central, pues aquí no tenemos los aparatos necesarios y a decir verdad no contamos con los conocimientos suficientes para tratar al señor E. Él requería de un grupo de especialistas, la vanguardia de la medicina porque seguramente lo que tenía era una enfermedad nueva, un virus, bacteria o síndrome. 

La mañana del día 22 sería el traslado, pero en la madrugada del 21 fue que las cosas se pusieron feas. Mi compañero fue al cuarto 100 para revisar los signos del señor E., nosotros nos encontrábamos en la base de enfermería y escuchamos un grito horripilante y después algo que caía al suelo. Corrimos y encontramos a nuestro compañero tirado en el piso e inconsciente. Lo levantamos y lo pusimos en el sillón, no lográbamos hacer que reaccionara, mientras, el señor E. dormía plácidamente, nada había perturbado su tranquilidad, solo se escuchaba su respiración profunda y el único cambio que se percibía eran las gotas del suero que caían lentamente.

Nos llevamos al compañero al control, ahí por fin reaccionó y lo primero que dijo fue: “¡Es horroroso! Es realmente espantoso… ¡debemos matarlo! Esa cosa es espeluznante”. Nosotros nos volteamos a ver entre sí, no comprendíamos las palabras que balbuceaba nuestro compañero, se le veía aturdido y la vista la tenía perdida, en algunos momentos parecía un loco. De manera estúpida volví a decir “the vampire”, con la intención de burlarme, pero nuevamente fue una equivocación. 

Cuando nuestro compañero por fin estuvo calmado, nos contó lo siguiente: “Entré al cuarto, llevaba el equipo para tomar los signos, únicamente estaba prendida la luz de la cabecera. Cuando di vuelta para comenzar, vi la cosa más aterradora que alguien pueda imaginar, no tengo palabras para describirlo, porque jamás había contemplado algo así. Estaba parado o arrastrándose en el pecho del señor E., no puedo decir qué era, pero se movía de manera desquiciante, el solo recordarlo me hace temblar. Cuando aquella cosa escuchó ruido volteó hacia mí y supongo que lo que era su cara destelló con una luz roja, como si parpadeara. Después comenzó a avanzar hacia la cara del señor E., mientras lo hacía, se iba haciendo pequeño y se  metía por la nariz del paciente, esto que platico pasó muy rápido, pero fue el tiempo necesario para saber que “eso” no es de la Tierra. Antes de entrar por completo, volvió a encender su horrible cara y, juro que lo escuché con una claridad inaudita, sé que lo comprendí porque se expresaba en una especie de idioma universal, lo dijo: “quiero vivir”. En ese momento me desmayé porque sentí que todos mis sentidos se atrofiaban.”

Hasta aquí llega el relato, desde ese día nuestro compañero no es el mismo, lo hemos sorprendido con la mirada perdida o volteando al cielo buscando algo. La mañana del día 22 se llevaron al señor E. al Hospital Central, supimos que murió el día 27, no encontraron la causa, pero los doctores se sorprendieron porque no tenía una sola gota de sangre en su cuerpo.