El cuento en cuarentena

El cuento en cuarentena | Perros

Por Manuel Antonio Ramírez

Saqué a pasear a los perros de mis patrones, o mejor dicho, a los perros de los clientes que rentan mis servicios. Durante año y medio dediqué parte de mi tiempo a cuidar y pasear perros de diferentes personas aquí en la Ciudad de México; me fue bastante bien mientras tuve ese trabajo. Al inicio iba con Samanta; nos ayudábamos, pero ella decidió estudiar por las mañanas y ayudarme solamente cuando podía. 

Mi horario era perfecto, a veces a las cuatro o un poco más tarde ya estaba libre, así me daba tiempo suficiente para ir a mis cursos de idiomas: francés, inglés e italiano. Nunca tuve problemas verdaderamente impresionantes. Hasta ese día del pasado abril.

Llegué al parque España con ocho perros, ¡ocho perros! Me sentía muy seguro a pesar de llevar tantos. La locura no solo era el número, sino que además eran de diferentes razas y tamaños, todo un relajo para caminar con ellos. Al inicio pensé que reaccionarían mal, pero se adaptaron poco a poco. Tres eran hembras, Larissa y Wanda, de raza pug; Mirna, pastor alemán. Los demás eran machos, choco, el chihuahua; Duque, el Schnauzer: Bruno, el Beagle; Muzgo, el pastor belga y, para mi extraña suerte ese día el señor Carmona me confió a Fargo, un hermoso Husky siberiano. 

Caminaba sujetando las correas esa mañana fresca hacia una banca negra del parque. Tenía horas que el sol había salido, pero había un viento tranquilo que mecía los árboles y refrescaba el ambiente. Mantenía retenidos a los perros con las correas negras mientras revisaba mi teléfono sentado en la banca solitaria. Había gente desconocida a distancia, esperaba ver colegas míos pero no miraba ninguno por ese tiempo. 

Para iniciar mi rutina y entretenerme, revisé el Facebook por varios minutos, me tomé fotografías que enseguida compartí, incluso tomé varias fotos a mi brazo sosteniendo las cuerdas de los perros. Elegí la que más me gustó, la edite y la compartí. Son esas mismas fotografías que circulan en Instagram y Facebook; sé que más de uno las ha visto también en periódicos.

Estaba todo menso como cualquiera que tiene el gusto por las redes sociales, me llamaban la atención las noticias nuevas. Me olvidé de los perros por un momento, veía todo tipo de publicaciones; así se cultiva la adicción a las redes sociales, pensaba, mientras respondía a los comentarios con una sonrisa en el rostro decidiendo al mismo tiempo guardar el teléfono para atender mi trabajo y de pronto… Llegó ella, una hermosa chica de unos diecisiete o dieciocho años supongo, se sentó en la misma banca en la que me encontraba. La miré de reojo, pero enseguida atrapó mi atención.

Dejé el Facebook y sentí entonces la brisa de la fuente, el viento calmado, las hojas cayendo de los árboles y el jaloneo a destiempo de los perros que, inquietos, pedían ser liberados o simplemente querían caminar y rozar su pelaje con alguna planta del parque y encontrarse a otros perros, jugar entre ellos y moverse. Son animales que pasan gran parte del tiempo sin ver a sus dueños y salir les hace bien. Recuerdo que las primeras veces eran intolerables porque sentía que se jaloneaban y no los podía controlar. 

Llegar al parque, permanecer de pie o sentado un rato, caminar con ellos al rededor, amarrar a unos mientras suelto a otros para que sientan la libertad y rolarlos para que todos disfruten del espacio abierto, premiarlos con croquetas cuando se portaban como yo quería o castigarlos para que aprendieran a obedecer, esa era mi rutina. 

Estaba por levantarme para avanzar y continuar con mi práctica, cuando la vi sentada en la misma banca en la que me encontraba. Habiendo tanto espacio, llegó donde yo estaba y los perros no la incomodaron. No pude despegar la mirada de esa bella criatura, creí en secreto que el amor de mi vida había llegado. Un pensamiento bastante tonto, pienso, aunque no me atrapó solo su hermoso físico; leía concentradamente un libro de pasta negra. Era la  chica de mis sueños, ella en sus dieciocho y yo con mis casi diecinueve; la pareja perfecta pensé embobado. 

Era mi momento, vi la oportunidad que no quise desaprovechar, no dudé de esa cara inocente que parecía abandonarse a la lectura sin despegar la mirada del libro. Tardé minutos en decidir alejarme o abordarla, no tenía palabras para llamar su atención. ¿Y si se ofende? ¿Esperará a alguien? Estaba por irme para evitarme un mal rato, pero enseguida me armé de valor— ¿Qué más da? 

— ¿Qué lees?– pregunté, creo que no hable lo suficientemente fuerte, pareció no escucharme porque no levantó la vista; entonces me acerqué hasta postrarme frente a ella. —Hola— dije entonces. Ella había levantado la mirada y sonrió, haciendo un gesto con el que entendí que me respondió el saludo. —Ramsés— le dije— ¿Cómo te llamas tú?—Ella permaneció mirándome con sus hermosos ojos marrones. 

—No sé hablar español bien— dijo con un acento entrecortado y agachó la mirada un poco apenada. Eso me causó un indescriptible y hermoso sentimiento.

Platicamos un rato con toda la calma del mundo mientras los perros se inquietaban, le ayudaba a comprender algunas palabras con acciones y señas exageradas, nada importante en la charla. Pregunté si estudiaba veterinaria o solo leía por curiosidad su libro negro con dibujos de animales. Dijo que por el momento no estudiaba, pero pensaba estudiar una carrera como veterinaria o zootecnia, porque le gustan los animales. Dijo también que vino a México para aprender español. A su manera me preguntó el tiempo que llevaba en mi trabajo, preguntó también sobre algún suceso interesante que me hubiera ocurrido durante ese tiempo en el que me había dedicado a pasear perros. Le dije que no había nada interesante que contarle, que por ahora lo más emocionante había sido platicar con ella.

Le estaba echando lo perros; o sea, le estaba llegando, intentaba ganarme su amistad con la intención de tener una posible cita lo más cercana posible y que el tiempo decidiera lo que habría más adelante; creo que hice lo que cualquier persona enamorada a primera vista haría. Estaba algo nervioso pero trataba de disimular para controlarme y ella me daba entrada; de verdad, me daba señales de que podíamos seguir conociéndonos, fue muy coqueta conmigo. Un encanto.

— Vivo por Coyoacán, me he mudado hace unos dos semanas, cuando llegué a la ciudad de México viví en un departamento en otro lugar, pero me ha gustado Coyoacán; cuando gustes ir allá estoy— me dijo detenidamente para que yo le entendiera. Claramente me insinuó que podía ir a su departamento. Le comenté sin desconfiar que yo vivo en Tlalpan, cerca de Coyoacán, en una casa compartida que renta mi familia. Sacar a pasear a los perros ajenos es un trabajo pacífico y no gano nada mal, así que no podía quejarme y me sentía afortunado de que nos hubiéramos encontrado esa mañana. Ella sonreía mostrando sus dientes blancos mientras sus rubios cabellos lisos se mecían con movimientos calmados. 

Confieso que el acento de la chica era raro, no exactamente el acento reconocible de una extranjera norteamericana. Su acento era como una mezcla entre el italiano y el francés, solo para dar una idea, pero de repente en repetitivos descuidos metía palabras italianas completas. Por ejemplo cuando dijo «Ya casi es medio día», pero dijo meriggiare en lugar de medio día. Cuando dijo que México es un país asombroso, lo hizo con la palabra mozzafiato y cuando mencionó que si envejecía sola, le gustaría ser gatarra (cuida gatos) y sonrió como si de una broma se tratara.

—¿De qué parte del mundo vienes?— Le pregunté, pero me respondió con otra pregunta.

—¿Dónde naciste tú?— No quise evidenciarla pidiéndole que respondiera mi pregunta para que yo pudiera responder la suya, así que respondí casi de inmediato. —Nací en Michoacán, pero mis padres se vinieron a vivir a la Ciudad de México cuando apenas tenía meses de nacido, prácticamente soy más de aquí que de Michoacán— le dije lo más lento posibles y haciendo referencias a que Michoacán está relativamente cerca de la Ciudad de México a diferencia de otros estados.

Cuando terminé la respuesta y estaba por insistir en la pregunta que le había hecho, ella mostró un rostro de preocupación al echar un vistazo a su bolso blanco. Por cierto, su bolso blanco era como su blusa y sus zapatos, solo que su blusa de mangas largas tenía un montón de flores rojas. Llevaba un pantalón negro, delgado y corto que dejaba ver sus tobillos blancos. 

No recuerdo bien qué fue lo que le pregunté, me parece que le dije si podía ayudarle en algo y ella respondió que había olvidado su comida en su departamento, tenía nada más media hora libre para ir a una entrevista. Me sentí apenado por su situación, quería comprarle algo de comer, llevaba cien pesos que podrían alcanzar para algo. Dudé por un segundo pero terminé ofreciéndolos, ella sonrió y me dijo que el problema no era el dinero, la cuestión es que no podía comer cualquier cosa. Olvidó su frasco con leche de soya y verduras al vapor; no comía eso por vanidad, lo hacía por su enfermedad. Dijo que después me contaría sobre eso, aun así no habría problema, podía conseguirlo en algún restaurante cercano. Me sentí un poco tonto en ese momento, no sabía cómo reaccionar y ella lo notó. Volvió a meter la mano al bolso, extrajo su billetera lila y de ella sacó un billete de $200 y enseguida me miró con cierta timidez.

—¿Me das tu teléfono?— dijo — te anotaré mi número—. Saqué del bolsillo mi teléfono de inmediato, mi corazón comenzó a latir tan fuerte que pensé que se saldría de mi pecho. Me puse rojo, ella lo notó como siempre y sonrió agachando la mirada. Tomó mi teléfono y al mirar el billete en su mano continuó —¿Me das tú el favor en conseguirme comida? Leche de soya y verduras— dijo con cierta dificultad. 

—En corto— dije levantándome de inmediato de mi lugar. Ella se levantó estirando la mano con el billete y no la retiró hasta que se lo pedí— No te preocupes— le dije, me alcanza con lo que tengo— mostrando mi billete. 

—No, por favor, tómalo— dijo ella insistiendo que tomara su dinero, pero fui tajante y amablemente le negué su oferta. Sentía que así me la ganaba de alguna manera. Cuando estaba por avanzar con los perros, pensé que iría conmigo pero me detuvo con un sonido y volvió a estirar la mano en dirección a mis manos que sostenían a los perros, cuyos jaloneos tensaban las correas y aplastaban mis dedos.

—Yo cuido mientras— le pude entender —estoy familiarizada con los animales, si vamos los dos será más tardado. Caminaré con ellos alrededor de la fuente— concluyó. Sabía perfectamente a qué restaurante iría por el encargo, estaba a solo dos cuadras del parque doblando a la izquierda en dirección noreste.  Le entregué los perros, le di algunas indicaciones en caso de que alguno se pusiera bravo o se inquietara al punto de atacar a sus compañeros, le dejé mi bolsa de trapo negra con croquetas y salí corriendo. 

Llegué al restaurante, fui lo más específico posible con el pedido: leche de soya y verduras al vapor para llevar. Pregunté por el costo de mi pedido y me dijeron que serían $65.00. Estuve sentado en una apartada mesa mirando un programa matutino del televisor de la esquina, fueron alrededor de quince minutos los que me mantuve en espera del pedido. Pagué en la caja a una señorita amable y  cuando estuvo lista mi orden salí de prisa para entregarlo al amor de mi vida. 

Cuando llegué al parque, miré en dirección a la fuente donde se supone que estaría, pero no estuvo. Sentí que mis piernas se doblaron y el aire se acabó. No la volví a ver. Pregunté a la gente que encontraba a mi paso si la habían visto pero nunca apareció. Estaba desesperado. No tenía forma de comunicarme con nadie en ese momento, se llevó a los perros, se llevó mi teléfono, se llevó mi confianza, se llevó todo. Tenía la esperanza de encontrarla y corrí por varias horas alrededor del parque y me moví al parque México. Cuando llegué ahí vi un grupo de perros, cinco más o menos. Me acerqué esperanzado, pero eran otros. Dos colegas paseaban a otros perros. Me acerqué para preguntar si vieron a la chica, pero negaron como las demás personas. 

Llevaba horas buscando a mis perros y a la chica hasta que los desánimos me doblaron. Me sentía, aún me siento, un estúpido novato. Más tarde caminé a la casa de los dueños con profunda vergüenza. No me atrevería a mirarlos a la cara, no sabría que decirles, pero me armé de valor. Saben mi dirección, tienen referencias mías, de cualquier modo, si huía me encontrarían para rendir cuentas y era mejor darlas de inmediato. 

Toqué a la primera casa y para mi suerte no estaba el señor Carmona, dueño de Fargo. Me recibió su esposa, la colombiana, a ella le comenté lo sucedido, aunque pareció no importarle mucho. —Ok —me dijo en seco— se lo diré a mi esposo— dijo y cerró la puerta. Su respuesta y el modo en el que me lo dijo me hicieron preocuparme mucho más, “demandas y deudas” me dije. Respiré profundo, tratando de ser optimista.

Toqué a la segunda casa. ¡Dios! La mujer rompió en llanto en cuanto le di la noticia. Su  Larissa, la pugg hembra, estaba perdida y con ella una parte de su vida. Me pidió todas las referencias posibles, todas las explicaciones que no pude contestar en ese momento, pero ella misma se tranquilizó. Dijo que habría esperanzas de encontrarla —¿No es así?— me dijo, yo afirmé con la cabeza y me marché en seguida.

Los dueños de Mirna, la pastor alemán, fueron los más respetuosos. Hubo cierta molestia en sus rostros, pero preguntaron si yo estaba bien. Luego dieron alternativas de búsqueda. En el resto hubo amenazas. Me acusaron de ladrón, hubo agresiones físicas por parte de las mujeres o por parte de sus esposos, hubo fotografías, esas que circulan ahora en las redes. La niña Belén, dueña de Choco, el chihuahua, se puso a gritar su nombre desde la ventana de su casa y luego rompió en llanto. Eso me partió. Entendí la cantidad de daño que ocasionó mi estupidez. No atropellé a nadie, no maté, no agredí, ni robé y me sentía, aún me siento, culpable de lastimar a la gente. Regresé a casa, no quise tomar transporte, tampoco fui a mi curso.

Ha pasado un mes desde entonces y no puedo dormir bien por las noches, no he entrado a ninguna de mis redes sociales desde hace tres semanas porque no soporto las agresiones; poca gente me defiende, la mayoría me ataca. Me han mentado la madre, me han ofendido con todo tipo de calificativos, me han llamado acosador, ratero, cómplice del hurto. Hasta ofensas que no tienen nada que ver. Soy el árbol caído y cuando alguien meta la pata o cuando alguien llame la atención espero que me olviden.

No estoy en la cárcel aunque estuve a poco de estarlo. El señor Carmona tal y como lo pensé me demandó, tiene contactos con los políticos y en lugar de usarlos para buscar a su husky siberiano, los usó para intimidarme, solo por mencionar en un arranque en mi defensa que me pareció ver a la chica extranjera hablando con él una semana después de que todo sucedió, cuando fui a su casa para darle los informes que me pedía sobre la búsqueda de Fargo. Me demando por robo y calumnia y cuando yo pedí que me investigaran y lo investigaran a él, me citó en su casa y dijo que estaba muy molesto por lo que había sucedido, que tomó decisiones irracionales que quería remediar.

—Vamos a olvidarnos del asunto— me dijo y no volvió a molestarme. Pero sí, era verdad que vi a la chica bonita despedirse de él una tarde, ella iba con la cara al suelo, como si el señor Carmona la hubiera regañado, la vi subirse a una camioneta blanca. Me atonté, en lugar de correr para alcanzarla me quedé pasmado. 

Me siento esperanzado gracias a los escasos comentarios de apoyo de la gente que sabe la verdad. Algunos medios truquearon mi caso, han dicho que secuestré a los perros para pedir recompensa, han dicho que los venderé en el mercado negro, vi algunas notas que ahora no encuentro, mencionaban la participación de la misteriosa chica bonita que describí en mi declaración, los demás la mencionaron muy superficialmente como si ella hubiera sido testigo del robo y no como la responsable. 

He estado deprimido, encerrado en mi mundo por la gente que no piensa antes de hablar y que no busca la información real ni medita las cosas antes de atacar. Yo causé mucho daño a las familias de los perros, soy consciente de ello, y no sé qué tan consciente es la gente que me ataca porque me lastima aunque yo pueda fingir lo contrario.

Lo que me pasó me hizo más sensible a mi entorno, ahora veo en las calles a los perros sin hogar, no pueden hablar, pero se ve que piden comida y cariño. Adopté a Pinto, un hermoso perro blanco con manchas ocres, estaba lastimado de la pata izquierda; se está recuperando de los ácaros que habían lastimado su costado derecho, ahora es mi Pinto al único que saco a pasear. 

He buscado a los perros, pero no han aparecido hasta el momento. Soy Ramsés Olmedo M. Si saben algo de los perros háganmelo saber. Aún tengo la esperanza de encontrarlos.

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