El cuento en cuarentena | Misiva a un sordo

Por Nohemí Damián de Paz

Oh, Narciso, deja tu voz

en mi sedienta garganta

porque yace en una atroz

agonía por ser amada.

Narciso:

¿Por qué te alejas con urgencia? ¿Por qué? Me deshace tu frialdad, tu indiferencia y tu mudez. ¿No ves que muero dos veces? La primera cuando te veo y la segunda cuando te vas. No te importa mi presencia, eso ya lo sé, ya lo demostraste en incontables ocasiones. Duele, amado mío, duele que esta carta como las anteriores la responda alguien más, ¡como si no supiera! Y con puras mentiras.

Aunque sea diles a esos ajenos ojos que den respuestas coherentes ya que unas tras otras representan un gran fraude. Por ejemplo, en las primeras cartas “según” me rechazaste porque ya tienes demasiados problemas legales por un joven, un tal Animias, que dizque se suicidó enfrente de ti, con una espada que le regalaste; y en las siguientes, que no puedes enamorarte de mí porque tu corazón pertenece a tu hermana gemela. ¿Te das cuenta de que son razones impares? ¿Te das cuenta que son falsas verdades? Por consejo de Ovidio busqué a ese joven, busqué a tu hermana gemela y, ¿qué crees?, ninguno existe. Dile a Conón y a Pausanias que alejen sus manos de mis preciados pensamientos hacia ti.

¡Cuánta injusticia! ¡Cuánta perversidad! ¿Sabes cuánto ansío una carta escrita por ti? ¿Sabes que mis lágrimas son las responsables de llenar esa fuente que miras tanto? Sin embargo… yo ―y solo yo― tengo que soportar este martirio. No te reclamo, empero, ¿es tan difícil mirarme un segundo? ¡Mírame, Narciso! Es lo único que pido, deja esa fuente en paz, deja de sonreírle a alguien que no está. Yo sí existo. Yo sí te miro. Yo sí te admiro. ¡Yo sí te amo! Es cuestión de que toques mi pecho, que sientas cómo retumba mi corazón; es cuestión de que mires el brillo que emana de mis ojos hacia ti, que notes cómo mis labios se humedecen, invitándote a que los saborees sin compromiso. Solo ven, consúmete como lo hago siempre por ti.

Tu Eco