Cuento | Proyecto Norman

Por Andrea Pereira

La intensa luz provoca que se le achiquen los ojos. Siente que le quitan algo de la cabeza, ve que es una especie de casco. Tras un fuerte suspiro se levanta, mira a los lados, camina hacia Norman mientras le tiemblan las piernas, y lo abraza.

 

El doctor Prat, un prestigioso cirujano, fue el primero en recibir el correo electrónico. No se explicaba con detalle si había premio o no, pero la idea de participar en un concurso de supervivencia y haber leído que fue cuidadosamente seleccionado le instaló un tentador y apetitoso alimento a su ego. No dudó en inscribirse y pedir más detalles sobre el asunto. Releyó varias veces el correo, pero los detalles pedidos nunca llegaron.

Luego de una noche agitada en la pasarela, Ana Laura se quitó el maquillaje frente al espejo y se recogió la abundante cabellera negra mientras sonaba sin cesar su teléfono móvil. Al principio ignoró el mensaje, pero luego lo leyó. Pensó que se trataba de una broma y lo borró, pero el mismo correo volvió a aparecer. Lo releyó con mucha atención, se miró al espejo, arqueó las cejas, continuó desmaquillándose y escuchó de nuevo el celular, insistente. Creyendo que así no le llegaría nuevamente y no habría más que esa consecuencia, presionó sobre la palabra “inscribirse”, se encogió de hombros, tomó su cartera y salió. Camino a su hogar no dejó de pensar en el mensaje. Al llegar abrió su bolso y vio nuevamente su teléfono, esta vez con grandes ojos y el ceño fruncido, buscó y buscó el correo, pero había desaparecido.

María del Carmen daba las noticias de las ocho cuando en la laptop de su escritorio apareció una invitación que la distrajo. Quiso enfocarse en el telepronter, pero no pudo evitar notar que la misma invitación llegaba una y otra vez. Tomó el ratón y con una sonrisa forzada le dio al botón verde sin saber qué estaba aceptando, solo pensó en dejar de ser molestada, ni siquiera se detuvo a ojearlo. Al terminar su trabajo se sirvió un vaso de agua, lo bebió con la mente ocupada en el próximo día y en las notas que debería cubrir; olvidó el incidente de su laptop.

La hermana Alicia recorrió las aulas del colegio, cerró las puertas y caminó tranquilamente hacia su dormitorio. Una vez allí se arrodilló junto a su cama, entrelazó sus dedos con el rosario enroscado, cerró sus ojos azules y rezó. Al abrirlos se dio cuenta de que la antigua computadora frente a su cama permanecía encendida y tenía una alerta. Fue hacia el lugar, leyó el mensaje, se rió, movió lentamente la cabeza y se anotó donde se lo indicaban, debía ser una broma de algún alumno de catequesis.

Sentado en la patrulla, al ver que Mario, su compañero, se había dormido, Axel se apoyó sobre el volante y tamborileó lo que escuchaba en la radio. El teléfono de Mario sonó; Axel, con una risita pícara, se lo quitó y lo leyó. Pensó que sería divertido meter a su compañero en un concurso sin que este lo supiera y le dio aceptar.

Felipe se inquietó porque su teléfono no dejaba de sonar, estaba explicando enlaces. Los chicos le repetían que respondiera; él ignoró los comentarios y siguió con la clase. Al sonar el timbre corrió hacia su chaqueta, sacó el teléfono del bolsillo e intentó borrar rápidamente lo que confundió con simple spam, pero en el apuro apretó el botón verde. Al sonar el timbre una alumna se acercó a entregarle una hoja, le dijo que se trataba del trabajo que le había prometido. Él, sonriendo, lo aceptó y ella le preguntó si el mensaje era importante, él chasqueó la lengua, negó con la cabeza y le volvió a sonreír. La chica se fue tras el resto de sus compañeros y volteó a mirar a Felipe que intentaba ver si el mensaje había quedado en la papelera, pero ya no lo encontró, así que tomó su abrigo y su morral y se sentó a corregir el trabajo. La chica lo miró un momento con una leve mueca en sus labios y se retiró definitivamente dejándolo concentrado frente a la hoja.

Durante su descanso Tatiana se fumó un cigarrillo, vio a Prat salir y se refregó el brazo izquierdo en un intento por detener el frío. Su móvil empezó a sonar, ella vio que caía mail tras mail, los cancelaba, los borraba y no veía el modo de lograr que dejara de caer un mensaje idéntico al otro, una y otra vez, hasta que tras un resoplido y tirar su cigarrillo al suelo le dio un dedazo fuerte a inscribirse, frunció el ceño al ver que esto había provocado que todos los mensajes desaparecieran. Lidia, una de sus compañeras se paró a su lado y la saludó, Tatiana le comentó lo del extraño correo y Lidia no tenía idea de lo que le estaba hablando, le contó, de todos modos, que seguro era alguna publicidad sin importancia y que probablemente le llegaría a ella también porque le pareció que el doctor Prat andaba en las mismas respondiendo mensajitos. Tatiana, con desprecio, le dijo que seguramente lo de él se trataba de algún chanchullo o alguna amante.

Las horas se volvieron días y los días semanas. Nadie, a excepción del cirujano, pensó en el mensaje. Prat, sin embargo, insistió pidiendo información, pero siguió sin obtener respuesta, le preocupaba saber si de verdad se anotó en algo o le habían gastado una broma.

María del Carmen cenaba a solas en su apartamento mientras leía los mails del canal que le indicaban lo que debería hacer en el noticiero al día siguiente cuando golpearon su puerta. Preguntó quién era, pero nadie contestó, miró por el ojo mágico y vio a un chico con una caja de pizza, le abrió y le explicó que ella no había pedido nada. El joven insistió con que debía entregarla, ella se negó, así que él rápidamente tiró la caja al suelo y le inyectó la mano, ella gritó y dio un paso hacia atrás, luego cayó.

El doctor Prat salía de un hotel a solas, iba hacia su coche cuando sonó su celular, miró el mensaje y con una leve sonrisa decidió no responder. En el momento en que pretendía entrar al coche sintió un piquete en el cuello, intentó voltear a ver, pero se desvaneció.

Ana Laura salió de la peluquería e intentó parar un taxi para que la llevara a su casa cuando alguien le tocó el hombro derecho, ella giró y sintió en el brazo izquierdo un fuerte pinchazo que la hizo perder el conocimiento casi instantáneamente.

Tatiana y Lidia se despidieron frente a la puerta del hospital, quedaron para verse el sábado e ir al cine. Lidia siguió su camino, Tatiana encendió  un cigarrillo y pensó que si el bus pasaba en menos de media hora llegaría bien para encontrarse con su madre y cenar con ella. Le envío un mensaje a su mamá para avisar que estaría en su casa en unos cuarenta minutos, la madre le respondió que la estaría esperando con su comida favorita. Tatiana se rió y guardó el teléfono. Caminó hacia donde para el bus mientras fumaba su cigarro, al terminar lo tiró al suelo, lo pisó y, cuando estiró el brazo para que el coche, se detuviera sintió un pinchazo en el mismo. Podía ver claramente que las personas tomaban el autobús, pero ella no tenía fuerzas para seguirlos; cayó al suelo sintiendo unos brazos que la detenían tomándola por debajo de las axilas.

Felipe le entregó el trabajo a su alumna, le dijo que había ganado una buena nota, ella le sonrió y le entregó un sobre, luego salió corriendo. Felipe abrió el sobre y sintió un intenso perfume desprenderse de él, leyó la declaración de amor de su alumna, se mordió los labios y negó con la cabeza mientras sonreía susurrando: adolescentes.  Guardó el sobre en su morral y salió del salón, ya en a la calle sacó  una llavecita de su morral, abrió el candado que encadena a su moto, se montó en ella y fue rumbo a su casa. Estacionó la moto, se bajó,  volvió a encadenarla y sintió un fuerte pinchazo en su espalda que lo hizo gritar y caer inconsciente.

La hermana Alicia salió de la iglesia, se persignó y caminó hacia la calle. Una señora se le acercó para preguntar por las clases de catequesis, la monja ocultó sus risos rubios al acomodar su cofia y  le explicó el modo de trabajo. La mujer le dijo que se anotaría en breve, Alicia asintiendo con la cabeza le comentó que sería bienvenida, la señora se retiró. La hermana sintió que algo le había pinchado el codo, se miró y levantó la vista, alguien de negro se desdibujaba ante sus ojos mientras corría. Ella se tambaleaba al intentar seguirlo, cayó al piso.

Axel, uniformado, bostezaba cerrando la puerta de su casa cuando sintió un piquete fuerte en su cuello y de modo casi instantáneo se desmayó. Al despertar vio a varias personas sentadas en el suelo de la habitación que tenía una larga mesa servida, siete sillas y un gran televisor que se encendió. En la pantalla apareció un hombre vestido con un traje gris claro, camisa blanca y corbata color plata. Este comenzó a hablar:

—Hola, Felipe, doctor Prat, Sor Alicia, Axel, María del Carmen, Ana Laura y Tatiana,  bienvenidos al proyecto Norman, donde yo soy Norman. Han sido seleccionados para ser parte de un concurso de supervivencia. La próxima vez que me vean será para felicitar al ganador o ganadora.

»El único modo de que lo anterior suceda es que seis de ustedes no logren sobrevivir para el final. El único modo de que puedan dejar del proyecto es muertos o siendo la única persona con vida dentro de este edificio; por lo tanto, mueren seis y vive uno. No tienen límite de tiempo. Suerte y que comience el proyecto Norman».

La pantalla se apagó. Todos se pusieron de pie, notaron en seguida que detrás de cada uno había una puerta con su nombre y un cuadro en blanco.

—Soy el doctor Prat, ¿cenamos? —preguntó, tomó asiento y se sirvió algo de vino.

—¡Abran! —gritó repetidas veces María del Carmen mientras golpeaba las paredes.

—El hombre de la pantalla dijo que abrirán cuando haya un solo sobreviviente, eso fue lo que entendí —comentó Felipe apretándose las sienes con ambas manos y parándose.

—Eso no debe ser verdad —acotó Alicia sentándose a la mesa.

—Hace unos días me llegó un mensaje algo extraño cuando estaba por volver a casa —dijo Ana Laura y se sentó junto a Prat, quien le llenó una copa; ella comenzó a cenar.

—¿Cómo pueden ponerse  a comer? No entiendo nada. Yo sabía que los mensajes no eran normales —dijo Tatiana, se sentó y apoyó ambos codos sobre la mesa.

—Yo la conozco a usted, es enfermera —le dijo Prat a Tatiana sonriendo; ella, sin mirarlo, asintió.

Alicia se levantó y caminó hacia María del Carmen, quien seguía gritando y golpeando las paredes, le habló en voz muy suave, hizo que se calmara y la sentó a su lado.

—¿Por qué está vestida así? —preguntó Prat mirando a Alicia de pies a cabeza.

—¿Como una monja? —respondió. Él afirmó con la cabeza mientras comía; ella continuó mientras acariciaba el cabello de María del Carmen—, porque soy una monja.

Axel caminó de un lado al otro de la sala en silencio mientras negaba con la cabeza. 

—¿Por qué hay unos cuadros en blanco debajo de nuestros nombres? —preguntó Ana Laura señalando la puerta en la que salía el nombre de Felipe.

—Yo no tengo que estar aquí, el mensaje le llegó a mi compañero no a mí.

—No lo leíste —aseguró Prat. Axel negó con la cabeza nuevamente mirando a Prat y este siguió —yo lo hice más de una vez y decía claramente que ingresarían los que aceptasen hacerlo: debe ser que ingresaste tú en lugar de tu compañero, porque aceptaste tú y no tu compañero.

—Pero no era mi teléfono.

—Ellos lo saben todo —dijo María del Carmen sollozando y agregó casi en un grito—, ¡no vamos a salir nunca!

—Sí, uno va a salir —exclamó  Prat, metió un trozo de carne en su boca y rió.

—No es gracioso, doctor Prat. Si esto es en serio, usted tiene una chance en siete de salir —agregó Felipe mirándolo fijamente.

—Sí, pero tengo una.

Tatiana fue a su dormitorio y vio que tenía una mesa con inyecciones, tubos con medicamentos y una cuerda. Acarició su cama perfectamente tendida y vio que junto a su cuarto había un pequeño y lujoso baño. Volvió a la sala y pasó al cuarto de Felipe: se veía casi igual, sin cuerdas, pero con muchos frascos, tubos y jeringas. Salió con los demás y se sentó con ellos otra vez.

—¿Felipe, es usted enfermero verdad?

—No, soy químico, dicto clases en la secundaria de momento, pero pretendo dedicarme a la química de investigación.

—Nuestros dormitorios se parecen bastante.

—Un médico, una enfermera, un químico, una monja, un policía. ¿Y ustedes? —señaló Axel con la barbilla sin sacar las manos de los bolsillos.

—Imagino que el policía eres tú, bueno, yo soy modelo y tengo la intención de ser diseñadora de modas en un futuro próximo —respondió Ana Laura.

—Periodista —dijo cortante María del Carmen.

—Sabía que te conocía de alguna parte, estás en el noticiero de las ocho —dijo Felipe señalando con la mano a María del Carmen; ella lo ignoró.

—Sí, yo soy el policía, no tenemos demasiadas cosas en común, salvo el doctor Prat y la enfermera.

—Y el químico —agregó Alicia.

—No, un químico y un médico no tienen nada que ver —alegó Felipe.

María del Carmen siguió sollozando, la religiosa intentó calmarla, pero finalmente fue la única que se fue sin cenar. Luego de la comida cada uno ingresó a su habitación.

Ana Laura sonrió al ver jeringas, botellas de sus bebidas favoritas, un marcador que guardó en su cartera y secadores de cabello.

Felipe se dio una ducha y se acostó.

Alicia se sorprendió al ver distintos tamaños de rosarios y un pequeño crucifijo junto a su cama, mientras en su cabeza sonaban las palabras que había escuchado desde la pantalla, tomó el crucifijo y lo guardó en un bolsillo.

María del Carmen recorría nerviosa su habitación y murmuraba repetidas veces que jamás mataría a alguien. Se sentó en el suelo del baño y lloró un largo rato.

A la mañana siguiente salieron a desayunar. Se sentaron seis a la mesa.

Alicia miró hacia los lados como buscando, mientras Prat halagaba el servicio. Ana Laura fue la última en sentarse y, apretando sus pequeños ojos oscuros, comentó:

—Debajo de la puerta de la gritona hay un número uno —todos llevaron la vista hacia la puerta de María del Carmen. Axel se paró y tocó la puerta, al no recibir respuesta abrió y caminó por la habitación, la recorrió lentamente. Había cámaras, libros, un micrófono y un delgado y largo espejo roto. Los demás lo siguieron, él entró al baño y la vio con ambas muñecas cortadas cubierta de agua y sangre.

—¡Santo Dios! —exclamó Alicia y se persignó.

—No entendía el concepto de supervivencia —comentó Prat y volvió al comedor para seguir desayunando.

Tatiana fue hacia el cuerpo de María del Carmen y confirmó que se había suicidado.

Ana Laura, sollozando mientras Felipe la abrazaba, comentó que ahora sabía de qué se trataba el cuadro en blanco. Felipe asintió con la cabeza sin soltar a la modelo y dijo a todos con voz firme y alta que no entendía cómo nadie escuchó el ruido cuando la periodista rompió el espejo.

Prat tomó el cuchillo y comenzó a cortar pan, todos se sentaron callados.

Felipe seguía calculando en su cabeza que a pesar de dormir en la habitación de al lado no escuchó que nada se rompiera ahí dentro, se imaginó que seguramente las paredes eran a prueba de ruidos, pero no tenía idea.

—No te comprendo, Prat. Eres médico, se supone que salvas vidas, tienes una frialdad increíble —opinó Axel.

Prat respiró hondo e, ignorando a Axel, llevó su mirada a Tatiana, que se hallaba sentada a su lado viendo hacia la puerta de María del Carmen, y rápidamente le clavó el cuchillo en el cuello. Mientras ella sangraba e intentaba gritar, todos se pararon al mismo tiempo.

Prat limpió el cuchillo y se sirvió té tras susurrar “una menos”.  Todos menos el doctor y Ana Laura fueron hacia Tatiana.

Ana Laura, con la boca abierta y los ojos húmedos, vio claramente cómo aparecía un numero dos en la puerta de la enfermera, no solo confirmó su teoría, sino que recordó que en su habitación había visto un marcador negro que seguramente dejaría un trazo idéntico al que se estaba dibujando entonces.

—¡Cómo hiciste esa barbaridad, Prat! —gritó Felipe yendo contra el doctor y lo levantó del cuello de la camisa.

—De esto se trata estar aquí —gritó Prat. Axel se acercó e intentó calmar a Felipe pidiéndole que lo ayudara a dejar a Tatiana en su habitación. Felipe aceptó y, cuando entraron al dormitorio, los demás notaron que el lugar se limpiaba solo.

Alicia miró a Ana Laura con sorpresa y esta a Prat, que tiró a un lado el cuchillo ensangrentado, tomó otro y siguió desayunando tranquilamente. Alicia se desmayó y la modelo intentó ayudarla a no caer al suelo. Le mojó el rostro, le dio aire y Prat solo miró hacia la puerta de la monja. Al ver que no aparecía ningún número, respiró hondo y siguió comiendo.

 

En un lugar muy blanco aparece María del Carmen estirando el brazo derecho. Saluda con una sonrisa y dice que es mucho mejor así. Alicia despertó agitada y pensó que no podía seguir con las imágenes de la periodista y la enfermera tan metidas en su mente. Axel y Felipe acostaron a Tatiana sobre su cama y el químico opinó:

—Hay que matar al doctor y luego ver qué hacemos.

—En mi habitación hay balas y varias armas. Si Prat sigue así, es la única alternativa.

—Yo tengo modos más sutiles, formas de que no lo note, porque él no va a ser tan fácil de sorprender como lo fue Tatiana.

—Nunca creí que planearía la muerte de alguien.

—Tampoco yo, pero con él presente no vamos a poder salir de acá.

Ana Laura y Alicia, sentadas una junto a la otra, miraban el blanco mantel. Prat se despidió de ellas amablemente, dijo que las vería a la hora de la comida y se retiró a su habitación silbando.

La modelo casi de un salto fue hacia el cuchillo en el piso y vio que estaba pulcro, se acercó a la hermana Alicia y mostrándoselo le susurró al oído:

—Debemos tener mucho cuidado con Prat, nos va a matar a todos.

—No, Prat es el siguiente —afirmó Alicia sin mirarla y se persignó con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Cómo sabes eso? Él es frío, rápido, fuerte, atacó a Tatiana de un modo que no tuvimos un segundo para hacer nada; además, es cirujano, sabe bien donde pegarnos. Él es quien saldrá de esta pesadilla, nosotras y ellos estamos sentenciados —dijo Ana Laura en susurros, gesticulando intensamente.

—Yo me voy a encargar de Prat, de esa forma los demás tendremos tiempo para pensar en cómo salir de esto —le dijo Alicia a su compañera, la miró, le sonrió y se levantó. Se dirigió al cuarto de Felipe mientras Ana Laura la miraba con la boca entreabierta y una ceja levantada.

Axel y Felipe  volvieron al comedor con la idea de decirles a las chicas que debían terminar con Prat, pero  solo encontraron a Ana Laura. Felipe se sentó junto a ella y esta apoyó su cara sobre su hombro. Élle acarició el cabello mientras ella sollozaba. Axel preguntó por el doctor, pero no le respondieron. Entró al dormitorio de Alicia y no la encontró allí, fue al del médico y tampoco lo vio.

Alicia fue al dormitorio de Felipe y leyó los nombres de las etiquetas de los productos, buscó en su teléfono y, al descubrir uno en particular que dormía a las personas muy rápidamente, lo asoció con el piquetazo que recibió antes de despertar en ese lugar que ella asociaba con el infierno en la tierra.

Cuando se sirvió el almuerzo ella puso el líquido sobre la comida del doctor y se sentó frente a su plato mientras rezaba su rosario en silencio  para ser perdonada y para que nadie más tocara ese plato. Efectivamente Prat tomó el lugar que siempre escogía y comenzó a almorzar.

Ana Laura comentó que las cosas se limpiaban por arte de magia. Axel agregó que le gustaría escuchar música y repentinamente su deseo se cumplió. Alicia sobresaltada se paró. Felipe sugirió que disfrutaran de la música, olvidaran lo raro de lo que estaban viviendo y sacó a Ana Laura a bailar.

Prat dijo que se sentía algo cansado y se fue a su dormitorio. Axel se puso a cantar y a hacer pasos como si fuera una coreografía mientras Ana Laura y Felipe bailaban y reían.

Alicia dejó la habitación y siguió a Prat.

Minutos después la música se fue y Felipe le dijo a Axel que debían encontrar a Alicia porque no confiaban en el cirujano. Los tres fueron a sus cuartos y comenzaron a buscar.

Axel fue a su pieza,  cargó un arma y luego entró al dormitorio de Tatiana. Allí vio a Alicia sentada  sobre el cuerpo de Prat, apuñalándolo repetidas veces con un pequeño y filoso crucifijo. Axel dio un paso para atrás y sin intención disparó el arma dándole en la frente a la hermana.

 

Una luz blanca, enceguecedora, aparece iluminándolo todo. Prat se ríe y no para de repetir la palabra “desgraciada”, sus carcajadas son intensas. María del Carmen viene por detrás del doctor con una amplia sonrisa, también Tatiana con los brazos cruzados mira con curiosidad.

Axel siguió  en trance un par de minutos tras dispararle a su compañera hasta que  escuchó los alaridos de Ana Laura y corrió al comedor donde ella señalaba la puerta de la monja porque  se veía el numero cuatro dibujado.

—Ella dijo que iba a terminar con Prat, no dijo cómo, pero sí dijo que lo haría. Me sentí en paz al ver el número tres, pero no el cuatro. Alicia iba a ayudarnos a salir, íbamos a hacerlo todos juntos, Prat era la única molestia.

—Fue un accidente —exclamó cabizbajo Axel, que no salía de la confusión y Ana Laura volvió a abrazar a Felipe y a llorar.

Luego de cenar en silencio Felipe se sentó en su cama y observó todos los líquidos de diferentes colores que había en los tubos de ensayo ubicados sobre su mesa de noche. Golpearon a su puerta.

Era Ana Laura. La dejó pasar y se sentaron juntos sobre la cama.

—Somos solo tres, pero tengo la esperanza de que si nada más quedamos tú y yo podremos salir de aquí.

—No quiero matar a Axel, de verdad que me cae muy bien.

—Es que hay que eliminar a Axel primero. Yo sé que conoces todos esos productos que te dejaron sobre la mesa, alguno debe producir algo como una catalepsia. Yo tengo un marcador negro en mi habitación, escribo el numero y espero en el comedor.

—En realidad necesito mezclar algunos químicos, no puedo conseguir exactamente lo que dices pero sí creo que se puede fingir un suicidio.

—¿Alguno que sea letal para Axel?

—Sí, hay tres letales, por lo menos he visto tres, pero en serio no quiero asesinarlo.

—Yo lo hago —dijo con firmeza Ana Laura. Se mojó los labios y le tomó la mano, le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja y le sonrió. Felipe acercó sus labios y antes de besarla, dijo que prepararía todo.

Ana Laura le prometió que cuando salieran de allí lo buscaría y olvidarían todo lo que pasó en ese extraño lugar. Felipe volvió a besarla y se acostaron mirándose a los ojos. Por largo rato no mediaron palabras, ambos pensaban en Axel, les daba lástima, les dolía tener que hacerlo, pero se dijeron al mismo tiempo: no tenemos muchas opciones.

Al despertar Ana Laura entreabrió la puerta varias veces hasta ver el desayuno servido. Tomó el líquido que Felipe le dijo que era letal y lo volcó dentro del café. Durante el desayuno ella y Felipe eligieron té y observaron casi sin decir palabra cómo Axel ingería el veneno y se iba a su pieza.

Ambos tomados de la mano observaron la puerta de Axel hasta que apareció el número cinco.

—¿Tienes lo tuyo? —preguntó Ana Laura y él afirmó con la cabeza—. Todo va a salir bien —agregó.

Ambos fueron al dormitorio de Felipe, él tenía preparada una jeringa y le explicó que en pocos segundos perdería el conocimiento, pero este sería recuperado en unas seis horas. Ella lo inyectó y se acostó a su lado.

Cuando Felipe se durmió ella tomó el marcador negro de su cartera, fue hacia el comedor y escribió el número en la pared. Luego fue al dormitorio de Axel, tomó su arma cargada y fue donde Felipe yacía inerte y confiado. Apoyó el arma en la sien  de este. Gritó y lloró. No tuvo el valor para jalar el gatillo. Hizo lo que le dijo que haría: escribió el número una y otra vez, pero este se borraba. Dejó el arma en su lugar original, fue a la cama junto a Felipe y se acostó llorando. Le acarició el cabello, le besó los labios y se acurrucó junto a él.

 

Se escuchan aplausos, Alicia sonríe y se acerca como quien tiene la intención de besar e la frente. Tras ella Prat abraza a Tatiana y ríe a carcajadas. Ana Laura despertó sobresaltada y Felipe ya no estaba dormido, pero sí acostado a su lado mirándola.

—No vamos a salir nunca. Eso lo tengo muy claro.

—Quieren a un sobreviviente. Ya lo pensé, no lo van a tener.

—¿De qué hablas, Felipe? O nos morimos o vivimos para siempre aquí y es obvio que no vamos a vivir para siempre. Vamos a vivir aquí hasta que la naturaleza mate a uno y tendremos unos ochenta años para que eso pase, así que deberíamos resignarnos a vivir en esta situación hasta que le llegue la hora a uno de los dos.

El joven negó moviendo el índice y chasqueando la lengua. Se levantó, fue al dormitorio de Axel y tomó dos revólveres, se fijó que estuvieran cargados, volvió junto a ella, colocó las armas sobre la cama y le dijo:

—Lo hacemos al mismo tiempo, no tendrán a un ganador ni a una ganadora ni a nadie estos enfermos. Será al mismo tiempo, no viviremos ni cuarenta ni cincuenta ni cien años más aquí, hoy se les termina el experimento.

Ana Laura temblorosa y con los ojos humedecidos asintió con la cabeza, sus labios tiritaban como si tuviera frío. Tomó el arma y la colocó contra su sien. Felipe con más firmeza hizo el mismo movimiento y le dijo que a la cuenta de tres debían jalar el gatillo, ella apretando los ojos aceptó. Entonces él contó:

—Uno.

Ana Laura respiró hondo y sus lágrimas empaparon todo su rostro cuando contó:

—Dos.

Y Felipe cerró el conteo mirándola a los ojos.

—Tres.

Felipe jaló el gatillo y cayó. Ana Laura bajó el arma, la apoyó sobre la cama y gritó con todas sus fuerzas.

 

Una intensa luz blanca le hace entrecerrar los ojos. Se  escuchan aplausos y siente que algo sale de su cabeza, como cuando te quitan un sombrero. Mira a los lados y ve a sus seis compañeros.

María del Carmen aplaude sonriente, Alicia la saluda con la mano, Prat se rasca la barbilla y la mira, Tatiana también bate palmas. Axel se para de una silla igual a la de ella, también lo hace Felipe mientras una chica le ayuda a quitarse el mismo casco metálico que le quitaron a ella.

El  hombre que había visto en la pantalla cuando ingresaron al edificio camina hacia Ana Laura mientras ella repite en susurros que creyó haberlo hecho.

—Y efectivamente lo has hecho, Ana Laura. Eres nuestra flamante ganadora, nuestra superviviente del proyecto Norman y yo soy Norman. Te llevas todo el efectivo que las personas que ven el show apostaron por los demás concursantes. He de decirte que el mayor porcentaje lo levantas gracias al doctor Prat, felicitaciones ganadora.

Ana Laura, boquiabierta, mira a todos aplaudirla, a María del Carmen sonriente mientras se acerca a abrazarla, a Alicia que le da un beso en la mano, a Prat que se le acerca bromeando por los comentarios de Norman y a lo lejos ve cómo Axel deja el estudio de televisión cabizbajo sin que nadie lo evite.

—Este proyecto no solamente hace que tengas una realidad virtual, sino que te traspases a la misma. Todos y cada uno estuvieron seguros de lo que vivían, sintieron el tacto de sus compañeros, degustaron la comida que ustedes mismos inventaron,  lo sintieron como una realidad y fuiste tú la única que vivió para contarlo —explica Norman entre risas—. Cada uno de los objetos que aparecieron fueron inventados por ustedes mismos, lo que en su inconsciente querían tener cerca para protegerse.  Según los votos de la gente ibas a ser la cuarta en morir. Si bien te llevas la mayor cantidad de efectivo, debes elegir a uno de tus compañeros, el que quieras, para que se lleve lo que se apostó por ti, lo que nosotros llamamos el mejor compañero de supervivencia.  Ustedes almorzaron, cenaron, se enemistaron, discutieron, asesinaron, se suicidaron y hasta se relacionaron y enamoraron, en tan solo dos horas de programa. El tiempo psicológico que les genera el proyecto Norman es realmente impresionante, fueron dos horas que para ustedes parecieron días o quizá hasta semanas, te felicito Ana Laura.

Unas jóvenes rubias y muy sonrientes le entregan un cheque y un trofeo. Ella, confundida, busca a Felipe entre las personas, hasta que al fin lo ve saliendo del estudio casi con la misma actitud que Axel, pero este voltea a verla y ella lo mira, suspira y le sonríe. Felipe niega  con la cabeza, la ve con desprecio  y deja el lugar, mientras ella lo observa al mismo tiempo que la sonrisa se le desvanece entre los aplausos.

Vamos, Ana Laura, ¿cuál fue el mejor de tus rivales? —insiste Norman tomándole la mano y haciendo que ella acepte lo que le daban las chicas del programa.

—¿Qué? —pregunta confundida la modelo, guarda el cheque en el bolsillo de su pantalón y toma el  trofeo. Camina con la mirada perdida hacia la salida mientras los demás la siguen.

—Elije a uno para que se lleve el premio al mejor compañero, o sea el monto de lo que apostaron por ti. Vamos, Anita. Vamos, Ana Laura, debe haber un compañero favorito.

Ana Laura corre por entre la gente y busca a Felipe en la calle. Norman la sigue, también las cámaras mientras insisten con la pregunta sobre quién merecía el premio al mejor compañero.

—¡Ella! —dice señalando a Tatiana sin mirarla. Todos aplauden a la enfermera y entran al estudio mientras Ana Laura intenta seguir para encontrar a Felipe.

Las jóvenes secretarias de Norman la toman por los hombros y la hacen entrar nuevamente.

—¿Axel y Felipe? —le pregunta a las muchachas. Una de ellas le dice que dan igual porque la seleccionada fue otra persona.

—Muchas gracias, no pensé que podría ser su opción, dijo la enfermera, recibiendo el cheque y saludando a las cámaras.

—Ana Laura y Tatiana, felicitaciones. Con este excelente resultado ya se podría decir que fue un programa muy cargado, intenso y con final feliz. Nos retiramos hasta la próxima emisión de Proyecto Norman —dice en voz muy alta el conductor.

Ana Laura siente que Tatiana la abraza por sobre el hombro y, mientras, ella, confundida, sigue  pensando en Felipe,  sin comprender totalmente las palabras de Norman. Sonríe de manera forzada hacia el público y luego hacia  las cámaras.