Cuento | El demiurgo

Por J. R. Spinoza

I

He detenido el tiempo. Un mar de cadáveres está desperdigado a mis pies. El olor a pólvora, sangre y sudor ha desaparecido, igual que el soplo del viento. El guerrero frente a mí se encuentra inerte. Puedo ver en su cara el esfuerzo por mantenerse de pie. 

Observo la fotografía en el dije. Una mujer de cabello negro sonríe. Abraza a una niña pequeña. En todos los mundos y universos que he recorrido no había conocido a nadie que mantuviera la esperanza, no después de lo que le mostré.

Toco su frente y hurgo en su memoria. Veo un parque. Una familia va de paseo. El padre carga en hombros a la niña. La madre toma de la mano a su esposo. Una playa. Ambos padres entierran a su hija en la arena. Risas de niño. “¿Hace cuánto no escuchaba la risa de un niño?”

Debo tomar una decisión. Me siento en el suelo y medito. Abro los ojos.  He decidido.

II

Bajé del risco. Ante mí estaba el último ejército. Eran más de cinco mil hombres y mujeres armados. Aguardaron, se veían nerviosos. ¿Habían escuchado los rumores de mi capacidad? ¿O era sólo que podían sentir el poder que emanaba de mí?

Me dirigí hacía ellos paso a paso, lento, pero a medida que me acercaba fui aumentando la velocidad. Cuando comprobaron que las balas me traspasaban sin hacerme el más mínimo daño, se colocaron en posición de combate. Acepté el reto. Sería a puño limpio.

Di un salto y coloqué mi pie en la nuca de uno. Escuché como se quebraba. Aterricé con la rodilla en el cuello de otro. Golpeaba y esquivaba. La mayoría eran muy lentos para tocarme, los que llegaban a hacerlo no me hacían daño alguno, apenas podía distinguir sus golpes del roce del viento. Alguien lanzó una granada. Yo la sostuve frente a mi cara hasta que explotó. Los soldados alrededor mío murieron debido a las esquirlas. Fue cuando retrocedieron, todos, excepto uno.

Su ropa era de color rojo y tenía un dragón tatuado en el brazo derecho y un tigre en el izquierdo. Se paró firme y dijo:

—Aunque seas muy fuerte, no retrocederé.

Me abalancé contra él. Logró esquivar un par de golpes y me propinó una patada en la cabeza. Sentí un poco de dolor. Me descubrí sangrando un poco. Tenía muchos años que no veía ese tono rojo en mí. Golpeé con fuerza su estómago. Se arrodilló del dolor.

Levanté mi mano y atraje un asteroide. El cielo se oscureció. La enorme roca se acercó hacia el planeta. Cuando estuvo a cien metros de colapsar el hombre de los tatuajes alzó sus manos al cielo y lanzó un rayo de energía que desintegró casi en su totalidad la amenaza.

Algunos pedazos de roca cayeron al suelo, como lluvia, incendiados y destruyendo todo el paraje. El hombre que realizó la proeza estaba exhausto, yacía de rodillas frente a mí con la mirada desafiante.

—¿Quién eres?, ¿cómo obtuviste tanto poder?

Sentí piedad por él. Toqué su cabeza enlazando nuestras mentes. Le mostré.

Cuatro niños avanzaban en la oscuridad. Un delgado camino rodeado de zacate crecido casi al metro de altura. La luna llena y la vela que sostenían en la mano eran sus únicas fuentes de luz. No se podían ver las estrellas. Cuatro niños, cuatro velas.

—No dejen que su vela se apague —ordenó la chica, la única niña del grupo.

—Hubiera sido mejor traer linternas —dijo el niño de lentes.

—Sólo velas —replicó la chica —fue lo que mi prima me contó.

A lo lejos se podía ver una vieja casona hecha de madera y pintada de un color entre el gris y el morado. Por un momento una nube obstruyó la luz de la luna y la casa desapareció. Cuando la nube pasó, regresó también la casa. Todos lo vieron, pero ninguno comentó nada al respecto.

—¿Qué te contó tu prima? —dijo otro niño con una camisa que alguna vez había sido roja.

—Dijo que ella fue con sus amigas. Habían escuchado de Strega y su don. Sólo se le puede ver cuando hay luna llena. Es una gran bruja. Criaturas del infierno rondan su casa, por eso quien va a visitarla debe llevar una vela encendida. Sólo te dejará pasar si alguno de los visitantes cumple años. Según esto, es debido a un pacto que hizo hace mucho tiempo. Por aquel entonces mi prima estaba cumpliendo trece. Convenció a sus amigas de ir con ella. Dice que te enseña una carta y dependiendo de esta será tu futuro.

El relato se interrumpió cuando llegaron a la puerta. La niña tocó seis veces. La puerta rechinó y se abrió. Entraron. Había animales disecados en las paredes y una mesa llena de frascos con líquidos de colores. Una mujer encapuchada salió de una de las habitaciones.

—Síganme.

Los niños obedecieron. Los llevó a un cuarto lleno de velas, con las paredes de color rojo. En una mesa estaban colocadas cinco sillas, cuatro de un lado y una del otro. Tomaron asiento.

La bruja les pidió que tocaran el mazo de cartas y comenzó a repartir una por una las cartas. La muerte. El mago. La rueda de la fortuna. La emperatriz. Y el ermitaño.

Todo se oscureció.

Un funeral. El ataúd desciende. Uno de los niños está en el interior. Los demás lloran. Uno de ellos revisa su carta. La mamá del difunto está inconsolable. La niña se acerca a darle un abrazo. Vuelve la oscuridad.

Otro de los chicos está caminando en el parque. Se mete la mano al bolsillo y observa su carta: un hombre con una aureola en la cabeza y la mano alzada, como sosteniendo un pergamino. “El Mago”, se lee. Cuando despega los ojos de la carta, se haya en otro lugar, una especie de tianguis, rodeado de personas. Deambula desorientado por unos minutos, después, se acerca a un policía y habla con él.

En la estación de policía los oficiales niegan con la cabeza. Él pregunta por sus padres, le dicen que no existe nadie con ese nombre. 

—¿Ya nos vas a decir tu verdadero nombre?

—Ya se los he dicho.

—Si nos sigues mintiendo, tendremos que mandarte al orfanato.

  El chico se desespera. Extiende sus manos y todo a su alrededor se calcina.

—¿Tú eras ese chico?

—Alguna vez lo fui.

—Este no es tu mundo, ¿verdad?

—He recorrido decenas de mundos. Pero no he podido volver al mío. 

—¿Por qué nos haces esto?

—Sólo puedo pasar al siguiente mundo cuando destruyo el actual. Creí ser todopoderoso, pero sólo estoy cerca de serlo.

  El hombre se puso de pie. 

—Ahora entiendo quién eres y porque haces lo que haces.

—Sabes que no puedes ganar.

—Es verdad. Pero así como tú tienes un anhelo y haces todo por conseguirlo, yo también tengo por quién luchar. 

Sacó algo de entre sus ropas y me lo arrojó. Era un dije de plata. Mostraba una foto de una mujer cargando a una niña.

 Sonreí.

 Hice oscurecer el mundo.

III

Cuando la luz volvió, el hombre de los tatuajes levantó su dije del suelo. Los muertos y heridos se pusieron de pie. Una enorme selva comenzó a crecer por toda la ciudad, llenando lo que una vez estuvo muerto de verde. Un río emergió de la tierra, con agua dulce y cristalina.

  El demiurgo se había ido. Una nota cayó del cielo. El hombre la tomó y leyó.