Artículo | Sabato y una reflexión que nos regresa (¿se había ido?)

Ilustración: Cyntia Kent

Por Tonatiu Velázquez

Si nos volvemos incapaces de crear un clima de belleza en el pequeño mundo a nuestro alrededor y solo atendemos a las razones del trabajo, tantas veces deshumanizado y competitivo ¿cómo podremos resistir?

Ernesto Sabato

Leí La resistencia, de Sabato, por recomendación de un amigo y me pareció un libro que, en términos generales, ayuda a entender algunos cambios desde la voz de alguien que presenció el siglo XX en Latinoamérica. A casi 20 años de su publicación (2000), puede pensarse en la institucionalización de las cuestiones que el autor ve emerger. Antes de empezar, es necesario que aclare lo siguiente: no me detendré sobre todo el libro, solo utilizaré la frase que puse de epígrafe en este texto, considerando que en ella hay una serie de cuestiones que amplían una compleja trama de nuestra actualidad.

En los lapsos que pasamos por la calle encontramos propaganda por todos lados; camiones enteros anuncian la nueva película infantil del momento, los espectaculares ofrecen tintes de cabello, ropa, alimentos, etc., principalmente en las avenidas grandes; en las colonias populares aparecen cursos para poder entrar al nivel bachillerato, guarderías particulares o funciones de lucha. Todo lo que vemos a nuestro alrededor es potencialmente una mercancía, algo por lo que pagar para obtener algo a cambio, que nos hará mejores o nos permitirá seguir con el ritmo que tenemos ya inscrito en la espalda; así es, como piedra pesada, como marca indeleble de quiénes somos y a dónde vamos. Me parece muy puntual la cuestión que plantea Sabato sobre el clima de nuestro alrededor; es claro que, ante una inmensa plasta de colores, figuras y sentencias (slogans), es imposible resistir los embates del capitalismo y salirse de las lógicas de producción comercial impuestas, pues no hay nada que nos haga dudar sobre ellas.

Cuando leo sobre la necesidad de un “clima de belleza” creo que Sabato se refiere a la construcción del espacio como “propicio”, es decir, espacios que potencialicen dudar, crear, pensar, reflexionar y abrirse hacia la conformación de una vida que se dé sentido, que sepa para qué y de qué modo.

Hace más de tres años noté que, en uno de los caminos que transito seguido, hay una frase pintada en el centro de la pared con un fondo en color gris, alejada de cualquier otro grafiti o dibujo (aunque hay paredes cercanas a esa que sí los tienen), que dice “hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez”. Con ella me doy cuenta que solo hace falta una frase, una pared, un pequeño lugarcito en un rincón de la ciudad donde podamos escribir, pintar, cantar, para poder producir una honda reflexión hacia nuestra propia forma de ser en la vida. Ese silencio que evoca dicha pinta sigue reproduciéndose cuando vamos en el transporte público, cuando caminamos y nos cruzamos con la gente, y, por ende, con la vida. Desde hace tres años esa pared sigue intacta.

En Sabato me parece central esta cuestión: ¿Cómo podemos resistir si apenas cabe nuestro cuerpo en el metro, en el camión o en el tráfico automovilístico, si el tiempo apenas da para llegar rozando al trabajo, evitando que nos despidan? ¿Qué actividad puede permitirnos resistir ante los embates de este contexto, si respirar entre los cuerpos de los demás es incluso difícil? No podemos detenernos, el rendimiento es nuestro eje rector, no hay modo de desviarnos y componer una vida de otro modo, vestigio de ello: los espacios.

Un ejemplo claro es el de las pintas a los monumentos que han ido efectuando grupos feministas en la ciudad, los cuales han sido repudiados en redes sociales y muchos otros medios de comunicación como “actos vandálicos”. El gobierno de la ciudad encontró una forma de “resolver” el asunto sin evitar “reprimir” a las feministas: decidió que, al concluir las pintas, tendría a un grupo de gente lista para limpiar los monumentos y pintarlos. Cuando supe de esto me quedé anonadado; era prácticamente una comisión que borraba al instante la “mancha” que van dejando las manifestantes.

Yo creo que la intención de las pintas de las feministas va encaminada a intervenir el espacio, a resistir la violencia hacia las mujeres existente en la actualidad poniendo en entredicho la soberanía de los monumentos. Recalco que es mi propia forma de percibir el fenómeno. Cuando el gobierno decide eliminar instantáneamente las pintas no es más que un acto concreto sobre la importancia de apropiarnos de los espacios, pues irrumpen formas de entenderlos y habitarlos; para el gobierno significa reagrupar la normalidad del entorno, por ello creo que las pintas feministas surgen como una búsqueda de apropiarse del espacio público, crucial cuando hablamos de desapariciones de mujeres, pues ahí es donde suceden.

A principios de siglo XXI Sabato hablaba de apropiarnos de la belleza de los espacios públicos y de la sincronicidad de un tiempo pasivo que se ha ido quedando atrás. En 2019 no hablamos ni siquiera de una búsqueda del embellecimiento, sino de apropiarnos de espacios que eran nuestros; nos quitaron parques y los volvieron grandes estacionamientos: es hora de pintar los estacionamientos, de desorganizarlos, de evitar que subsistan. No hablamos de rencontrarnos con la fauna que nos proporcionaba dicha área verde y los paisajes o postales que pueda ofrecernos, hablamos de resistir el espacio que ya nos quitaron. ¿Cómo lo haremos? Por ahora no hay respuesta; esperemos que, en algún momento, la estupidez del silencio guardado se rompa y responda la pregunta.