Cuento | La torre de las mil ventanas

Ilustración: Cyntia Kent

Por Emilio Martínez

…J’ai vu le même ce matin, une ville qui est disparue…

Lo que inquietó al principio la calma de Aounuk Marlik fue el extraño presentimiento de
sentirse abandonada en aquel museo. Para ese tipo de eventos, ella no resultaba ajena. Alguna vez —hacia seis meses del atroz incidente en el Louvre— ya había sucedido.

A pesar de ser casi las siete de la noche, aún podían escucharse los ruidos de la gente en las otras salas, el sonido de las calles colándose por la puerta que daba a la azotea y ella dentro de La torre de las mil ventanas. Le parecía impresionante la forma en que Clausell había pintado aquel salón; eran cuadros que flotaban dentro de otros. Muchos de ellos parecían recortes de postales, como los que tenía en su departamento de estudiante allá en París.

Aquella secuencia lógica le exigía tiempo y paciencia, ya que a cada palmo que sus ojos recorrían encontraba maravillada la visión de otro cuadro. Le gustaba la luna que se suspendía como un enorme ojo que rigiera el orden y la sincronía de las paredes.

Se asomó un poco a la entrada para saber que no estaba sola. Le reconfortó la idea de saber que no sería la última y tal vez por ello volvió al salón. Lo examinó de nuevo, se entretuvo en sus detalles minuciosamente. Primero, los cuadros que referían pasajes bíblicos; después, los gitanos y sus fiestas, el descubrimiento de un dios bicéfalo que merecía el honor del fuego, las mujeres desnudas ante los ojos de los monjes, las tres cabezas de león mirándose entre sí y una serie finita de repeticiones.

Recordó a su amiga Cristal por la mujer que la miraba desde el muro, sobre una de las esquinas. Tal vez a esa hora también ella pensara en Aounuk con algún dejo de amargura, como a veces sucede con los malos recuerdos y las malas sensaciones.

Con la visión de otro, pensó en su familia, en los campos de Francia perdiéndose bajo su cielo cenizo, la gente; todo un análisis melancólico de lo que había dejado por pasar unas vacaciones con sus amigos y sentirse igual de sola que al principio. Cuando cayó en la cuenta, el silencio en el museo, así como en la calle, eran cada vez más sólidos.

De alguna forma sus recuerdos se relacionaban íntimamente con los cuadros. Pensó que era normal, así como la pintura suele ejercer su dominio sobre quien la observa y en quien la produce. Con felicidad recordó su pieza de hotel en San Jerónimo, el baño caliente y la comida que no solía ser buena.

Eran las once cuando miró la hora. Escandalizada bajó en desmedida carrera las escaleras, pasó sin mirar la oficina del abogado, las salas que solían ser la misma y la noche cegada por unas láminas de vinil.

En un español muy rustico pidió ayuda, después recorrió la enorme casona, tocando en todas sus puertas hasta llegar al enorme portón de madera, pero nadie pareció escucharla. Asustada, regresó a ver si la puerta de la azotea estaría abierta, pero, después de intentar forzarla, esta no cedió.

Con miedo o tal vez frustrada, regresó al enorme salón. Algo en el interior había cambiado, le pareció que la luz era cada vez más intensa; los ruidos comenzaron a regresar a su lugar y lentamente miró los movimientos vivos en las pinturas.

Pensó en salir del cuarto, en esperar el alba cerca del portón, en los cuadros que se acomodaban en su orden original y no en el orden invertido en que ella los miraba, en las extrañas voces que susurraban sus pensamientos, en los amantes que en alguna esquina del museo se besaban, en su pieza de ciudad desierta; en ella encerrada en esa casilla minúscula, mirando sin saber a los visitantes del clauselito que la contemplaban asombrados, hablando de lo hermoso que era la pintura en la cual se divisaba y temiendo la llegada de la noche. Porque del otro lado de la pared había escuchado a los tres monjes del consejo hablar sobre la luciferina magia que habían presenciado y la brutalidad con que castigarían los artificios de aquella a la que consideraban una bruja.