Cuento | Últimos atardeceres

Ilustración: Cyntia Kent Te bastó con ver su expresión para no voltear y aceptar por inercia la mano que te ofrecía. Y así te quedaste.

Por Emilio Martínez

 

No estaba prediciendo el futuro; intentaba prevenirlo
Ray Bradbury

Para Mayte López Castillo, con afecto

Era como rebobinar un casete. Tú, Saturno Danés, escuchabas uno a uno los gises, las notas dispersas, los sonidos que también podían ser un llamado o una broma entre la lluvia y eran eso. Al igual que las luces coloreando de mercurio aquella tarde.

Antes del anochecer observabas la ciudad desde el piso 22 como en un filme a blanco y negro. Afuera la lluvia lavaba los edificios que sobrevivieron a los temblores y la constelación. A pesar de los años, ya casi nadie lo recordaba, pero tú sí. Desde que las dos estrellas orbitaron la tierra, el día dejó de ser dorado para reflejar en el cielo su luz sanguinolenta.

Mientras fumabas imaginaste por un momento el lago fósil, sus prehistóricas criaturas repoblando las aceras. Por la violencia de la lluvia, ese lado de Insurgentes te pareció un enorme río culebreando la ciudad. El sonar del teléfono te regresó. A pesar de que en domingo nadie marcaba a la estación, aquel timbre lo sentiste incómodo, como un llamado estridente, una nota fuera de tiempo. Ante la insistencia descolgaste. Del otro lado el policía de la entrada te gritó que el estacionamiento se inundaba, pero no podías creerlo. Enseguida otras llamadas fueron confirmando la catástrofe: nadie saldría del edificio. Tú miraste el reloj y la cajetilla de cigarros. No resistirían la madrugada.

Cuando terminabas la barra programática, escuchaste por los productores el relato de cómo quedaron varados en ese barco de concreto. A esa hora los locutores estarían en el primer piso buscando entre las máquinas algo qué comer; pero tú seguías fiel a la costumbre, mirando los gatos en la eternidad de la ventana.

Mientras le marcabas a tu mujer, escuchaste las primeras luces; el batir de las aguas en los muros. Pensaste que los rayos o la música habían espantado al gato, pero pronto vendría la descarga, la esfera roja rasgando aquella luz como de acuario. Entre los flashes viste los cuerpos que arrastraba la corriente.

Las líneas telefónicas fueron las primeras en morir. Pensaste en parar la música, abrir el micrófono y enviar una señal a otros. Sabías que la esperanza se terminaría con la corriente. Viste algo como una aurora boreal debilitando la energía. Recordaste los relatos donde te decían que así miraban tus ancestros las estrellas. Hasta la luciérnaga del celular se amedrentó ante el apagón. Parecía un hoyo negro. Afuera te miraba una constelación.

Entre los pasillos escuchaste los generadores. Con una luz artificial, te reorientaste. Mientras ajustabas la computadora, encontraste el mensaje, la señal de otro como tú que buscaba ayuda. Tuviste que recalibrar el audio, hacer lo que ya no se hacía en tu trabajo para reproducir aquel mensaje. Lo escuchaste. Subiste el volumen:

«… este es el capitán Joaquín Beltrán, estamos en el sótano del ala norte del Campo Militar Número 1. Alfa trece 101. Cambio. Hace horas que una nube radioactiva se extendió desde el Pacífico. Repito. La mañana de ayer, 22 de mayo del año 2089, pensamos que una aurora boreal fluía desde el Pacífico. Aún no sabemos en que momento las luces aterrizarán… las frecuencias están caídas…».

Unos gises después: «…sólo estamos medio regimiento, si alguien nos escucha, esperamos órdenes».

Lo repetiste un par de veces. No sabían si la reserva de agua al norte de la ciudad ya estaba contaminada o si otros habían evacuado; afuera aquella aurora boreal se extendía. Aún faltaban horas para que amaneciera, para que recibieras ese mensaje que te enviaban a doce horas del futuro.

Un miedo como ninguno te invadió. No importaba qué tan alto lo pusieras, ya nadie lo escuchaba. Quizá eras el único que no quiso salir a nado del edificio. Pero eso lo sabrías después, al recorrer a gritos los pasillos sin hallar respuesta; al sentir los pies mojados y encontrar flotando el rastro de los otros.

De nuevo, abriste un canal por la frecuencia, intentaste reenviar el mensaje del capitán Beltrán. Antes de que terminaras una operación que ni tú mismo comprendías, la computadora te avisaba que ya estaba amaneciendo. Escuchaste los generadores del edificio apagarse. Afuera seguía flotando la aurora entre la oscuridad, como los dígitos de tu teléfono.

Extrañaste el último cigarro, suspirando a fondo. En la bolsa izquierda vibró la llamada de tu mujer. Entre los girones de la conversación no hiciste caso al «calma, al atardecer irán por ti». Sabías que de eso nada se cumpliría.

La luz mercurio ganó fuerza. Las estrellas fueron descendiendo por decenas. Al llegar a la azotea, oíste entre los edificios el grito de otros náufragos grabando la constelación de naves y la aurora.

Oculta entre los ductos del aire, asombrada de verte, una de las productoras te llamó a su lado.  La miraste con un poco de esperanza. En sus gafas miraste el reflejo de un fulgor dorado. Te bastó con ver su expresión para no voltear y aceptar por inercia la mano que te ofrecía. Y así te quedaste.