Cuento | Mar del Ojo

Ilustración: Cyntia Kent Detrás del casco, sostenida entre los labios, la angustia paralizaba al comandante.

Por Emilio Martínez

A la Bruja Blanca, con cariño

El insomnio comenzaba a consumirlos. Restaban cinco minutos para que la radio fuera un fósil más entre aquella masa inerte. Las coordenadas indicaban que aún faltaban cien kilómetros antes de llegar a la Base de la Tranquilidad. El capitán Bill Forest miró nuevamente el reloj, faltaban dos horas para que esa parte de la luna comenzara a iluminarse. En la oscuridad se distinguía apenas, pegado a la escotilla, al comandante Sebastian Ars. Afuera la llanura se prolongaba en su natural asfixia. Ante la inutilidad del sueño, Bill se levantó para responder a Houston, pero la comunicación había cesado. Ambos se miraban confundidos dentro de aquel sueño alucinante. La maniobra inicial había fallado. El viaje se había retrasado por media hora, la división de las cápsulas anticipada y el rescate del Columbia era imposible. En silencio, esperaron a que el otro módulo registrara algún contacto. Ars aún estaba prendido a la escotilla, mirando el final del enorme cráter. Ninguna de las misiones anteriores registró maniobras en aquel sector. Conforme ganaba la luz entre el vacío, el francés pudo divisar la esfera a pocos kilómetros. Sobre el lado oscuro estaba el enorme balín de hierro. —Mar del Ojo, Mar del Ojo, adelante, Houston. Cambio. —Mar del Ojo, Mar del Ojo, adelante, Houston. Cambio. Tenemos contacto con objeto. Cambio. Permiso para descender, sector 1279, capitán Forest. Cambio. —Mar del Ojo, adelante, Columbia. Cambio. La interferencia iba generando matices que no reconocieron al instante. Del otro lado alguien dictaba el cuadrante que repetía Forest a través del comunicador. La frecuencia apenas era recibida. Sebastian comenzó a comparar con las bitácoras anteriores. La transmisión era de un Challenger enviado 52 años antes que, según el registro, había explotado en la estratosfera. Los siguientes intentos fueron inútiles. Ambos probaron el sistema de enfriamiento de los trajes para comenzar la caminata. Afuera el calor era intolerable. Metros antes de llegar a la esfera, detuvieron el explorador. Apenas era más grande que su cápsula. Al iluminarla por el lado oscuro, cayeron en la cuenta de que estaban frente a una máquina rudimentaria. Miraron las puertas comprimidas por la gravedad, los cristales rotos mucho antes del alunizaje, los agujeros donde debían estar los motores gravitatorios, llenos de pólvora. Forest tomó la linterna para iluminar el interior y encontrarse media docena de asientos, cadenas de seguridad y una placa de bronce del Gun Club. El miedo maduraba entre sus rostros. Hacia el norte vislumbraron el primer vestigio humano. A la luz relumbraba el bronce de la escafandra junto con el traje de tela y de polímeros. El cuerpo estaba boca abajo. Al voltearlo vieron la placa fechada en 1883. Respiraban confundidos. Antes de entrar en pánico, exploraron los alrededores. Desde los intercomunicadores del casco intentaron el enlace con la Tierra. Estaban solos con aquellas pruebas contundentes. Aún quedaba la esperanza de que fuera una estrategia de los rusos. Pero cada vez sonaba menos razonable. Volvieron a la bola de hierro buscando algún otro vestigio. Entre los compartimentos encontraron algunos daguerrotipos, dibujos de islas y personas, cálculos de mecánica clásica, algunos bocetos de la cápsula. Tomaron todo, fotografiaron la evidencia y se aproximaron nuevamente hacía el explorador. Dentro de su módulo ya no podían quitarse los cascos. El polvo lunar comenzaba a mezclarse con el aire al interior. Bajo la luz blanquecina observaron las anotaciones, las coordenadas geográficas, los fechados y los dibujos. Al compararlos con la base de datos de las computadoras, todo lo ubicaba al este de Java. La radio comenzó a vibrar. Una voz entre la interferencia seguía dictando números, códigos infinitesimales, ubicaciones lunares aprendidos en la soledad de aquella roca estéril. Conforme avanzaban las horas, la voz comenzaba a ser definida. Explicaba el propósito de su misión. Explicaba como André Chapeau había retado a la Real Sociedad de científicos ingleses al enviar una nave tripulada a la luna, redignificando el nombre ya ensuciado del Gun Club. Esta vez Ars no identificó la frecuencia. La voz, pausada y mecánica comenzaba a saturar el módulo. «… Así fue como nos asignaron a la isla Krakatoa. Los hombres dominaban en las faldas del volcán el hierro. El núcleo, junto al resto, fue terminado en medio año. La demás parte del tiempo los hombres se dedicaron a hacer la base para enviar la bala. Primero fue la base con varias toneladas de pólvora; después, por partes, harían la boca del cañón, copiando el modelo de Verne, y esperarían a que la erupción del volcán encendiera las mechas puestas alrededor. »Nosotros debíamos permanecer dentro, sin hacer ruidos, esperando el momento para el viaje. Debíamos cerrar los ojos y fingirnos averiados. Estábamos en posición cuando sentimos el temblor, después el fuego debajo de nosotros, encendiendo las mechas; luego, el impulso igual a la gravedad de la Tierra. La explosión entera casi destruyó la nave. Con facilidad ganamos altura; los relojes se averiaron, no supimos cuánto tiempo estuvimos en el vacío esperando la atracción lunar. Tras el impacto revisamos la exploración: sólo cuatro pudimos llegar a cumplir el cometido…». Lo siguiente fue la señal muerta y nuevamente la oscuridad. El Columbia comenzaba a hacer contacto con el módulo Águila, que reposaba sobre la llanura del Mar del Ojo. —Aquí Columbia, repórtese, Mar del Ojo. Cambio. —Aquí Mar del Ojo, tenemos avistamiento de cápsula no tripulada, indique posición, Columbia. Cambio, necesitamos abortar misión y regresar a casa. Cambio. —Guarde su posición, Águila. Cambio. Negativo abortar misión, llegamos primero. Cambio. —Habla el capitán William Forest, identifíquese, Columbia. Cambio. Sebastian Ars contemplaba la escotilla. Su sonrisa ante el descubrimiento fue cambiando lentamente. Detrás del casco, sostenida entre los labios, la angustia paralizaba al comandante. No había tiempo de advertirle a Forest que era inútil la advertencia de marcharse, de reportarle a Houston el descubrimiento. A lo lejos divisó las luces que iluminaban a los tripulantes del otro explorador, la bandera del Columbia, las escafandras relumbrando el bronce y el cobre de sus insignias, el cuerpo sin rostro de las maquinas. Intentó advertirle a Forest, detener su marcha frenética de números y coordenadas para decirle que se asomara, como él, a la escotilla, para que también mirara con horror cómo aquellos androides descendían con las armas de la bodega del Columbia, para ejecutar las órdenes de Chapeau, para asegurar que aquel sector solo fuera su descubrimiento y de nadie más.