Cuento | La estrategia

Ilustración: Cyntia Kent De solo mirar siento la mía secarse: es difícil distinguir un segmento de carne en esos lienzos maltratados y ennegrecidos por tanta mugre acumulada...

Ilustración: Cyntia Kent

Por Esther Mosqueda

Casi traslúcida, irrumpe la luz en la pared. Mis ojos se abren tan solo para cerrarse casi de inmediato. En mi nariz hurga el ácido de los orines y la pesadez del excremento, mismo que atrae a un sinfín de insectos voladores que solo nos rodean como aves carroñeras en espera de su presa. Aletargado llevo mis manos al rostro para intentar despertarme, aunque en el fondo sé que aquí no hay obligación de eso. Ahí está Andrés, lleva tres días postrado en la cama y a nadie parece importarle, me alegro por él, al menos ya no insiste en que yo maté a su padre. Oigo unos gritos desgarradores a lo largo del pasillo, en mi vida había oído algo así, pero, al menos, ahora sí me sentía despierto.

Por las mañanas siempre me sentía hastiado. Como ya mencioné, la fetidez en el aire haría que cualquiera implorara la muerte ahí mismo, pero en realidad esa no era la razón: esa sensación es el resultado de que día con día tengo que ver a los supuestos encargados del lugar, más que del lugar, de nosotros. ¡Bastardos! Si por un breve momento fuera el hombre que algún día fui, me aseguraría de que nunca pudieran interactuar con otro ser humano: los encerraría desnudos en jaulas para que otros pudiesen burlarse de ellos o, mejor aun, imitaría un acto del que alguna vez leí, ese en el cual una mujer se ponía a merced del público, rodeada de objetos para que las personas ahí presentes pudieran hacer uso de estos; ella estaba dispuesta a la tortura, pues quería probar hasta dónde llegarían o algo similar.

Eso mismo les haría a nuestros cuidadores, con la diferencia de que yo obligaría a todo aquel que pasara a que los torturara sin piedad. Aunque en el fondo siempre he creído que muchas personas estarían dispuestas a hacerlo, a veces ni siquiera se necesita un motivo aparente, como el que yo aseguro tener, quizá baste con detonar un poco de la ira que todos acallamos en el interior. Imaginar la sensación de control y poder absoluto sobre alguien más hacía que mi pulso se acelerara. Con este pensamiento, me motivo a salir de este cuarto apestoso y me dirijo al exterior.

Veo mis pies cruzar por otro alongado pasillo y una mujer me abre la puerta. Lo primero que veo es el patio, siempre me recuerda al del colegio al que asistí de niño, pero aquí es más pequeño y no hay juegos o niños corriendo. En su lugar hay unos cuarenta o cincuenta hombres haciendo nada. Simplemente en el piso, “¡mira esos ojos!”, nunca había visto una mirada tan perdida. “Vamos, quítense de ahí, ¿no sienten el estrago del sol sobre su piel?”. De solo mirar siento la mía secarse: es difícil distinguir un segmento de carne en esos lienzos maltratados y ennegrecidos por tanta mugre acumulada, toda superficie ha sido deformada por pústulas, ampollas y múltiples heridas. La sensación de ver ese inmundo patio nunca cambia, es la misma que sentí el primer día que llegué aquí, una mezcla entre el horror y, les confieso, una inquietante tranquilidad. El hecho de observar decenas de cuerpos sin anhelos cernía sobre mí un alivio que nunca había experimentado antes.

—Mi mamá me golpeó cuando vio que mi hermano se había suicidado —me contó Andrés, con lágrimas en sus ojos.

Esto fue al segundo día de mi llegada. Horrorizado escuché su historia. “Pobre hombre”, pensé; acto seguido de contarme aquella apabullante tragedia, su voz cambió de tono, comenzó a sonreírme y me dijo que era su cumpleaños, el número 14. En ese momento fue cuando experimenté por vez primera el alivio que antes mencionaba, sabía que Andrés tendría al menos unos 60 años, así que dejé de sentir esa lástima que el inicio de su historia había producido en mí.

Cumpleaños o no, yo no tenía forma de saber si mentía, lo que me hizo notar que tampoco podía saber si en realidad su hermano se había suicidado, y si así hubiera sido, a él ya no le importaba más pues en segundos lo olvidaba y aparentaba alegría. Lo único que me resultaba inquietante era descubrir que, sin importar nada, nos esforzamos por aferrarnos a los recuerdos; quizá la historia de Andrés no era real, pero al menos reconocía la existencia de una madre, las relaciones fraternales: eso no lo pudo haber inventado él.

Ahora que yo mismo he traído de vuelta mis primeros días aquí, me parece adecuado explicar qué me trajo a este lugar.

Sentado detrás de mi escritorio, veía a Julio frente a mí.

—Señor, creo yo que deberíamos cambiar de estrategia —para ese entonces, mis ojos ya lucían derrotados y mi semblante, según los que me veían, era fúnebre pues sabía que no estábamos ni cerca de encabezar las encuestas y sentía cómo el tiempo se estampaba a paso veloz sobre mi pecho todas las noches.

Tomé aire y dije: Adelante, tienes mi atención.

Julio era mi asesor personal, confiaba en él, pero no lo suficiente y no era su culpa. Desde muy joven formé la idea en mi cabeza de que somos fragmentos que conforman un gran todo construido por aquellos que nos rodean: siento que nunca puedo terminar de conocer por completo a una persona, para ello tendría que conocer a todas las personas de su vida y después comprobar si es congruente ese conjunto con lo que es la persona en sí, por lo que todo eso me parecía tan complejo y muy poco probable, así que solo me limitaba a desconfiar en cierta medida de los demás.

Enseguida, Julio se paró erguido y en su cara puntiaguda se reflejaba la satisfacción de alguien que sabe que en poco será premiado por sus palabras, o al menos eso esperaba.

—Señor, he analizado las propuestas de sus contrincantes y absolutamente todos han dejado de lado a un sector amplio de la población —se pausó con la intención de darle más fuerza a lo que estaba a punto de decir—: Vagabundos, señor.

Lo miré intrigado.

—¿Vagabundos, Julio?

—Sí, señor, indigentes, mal vivientes, personas de la calle, como les quiera llamar, pero no solo ellos, también los que viven en albergues e incluso enfermos mentales, hablamos de miles de personas —concluyó excitado. Su cara estaba enrojecida, los ojos le brillaban. Sin duda, Julio sentía que tenía la idea más brillante del mundo y yo, su “señor”, viéndolo con cara de idiota sin saber de qué estaba hablando. Coloqué una voz ronca y fruncí el ceño.

—Explícame, ¿quieres?

—Matemáticas simples, estamos hablando de miles y miles de personas que se encuentran en esta situación y nadie, señor, nadie está tomando en cuenta sus votos, sobra explicar las razones de esto, pero solo se necesitan básicos papeleos para que puedan emitir un voto válido.

Al ver que sus palabras no lograban el efecto que él esperaba, Julio continúo, desesperado:

—Está claro que nadie tomaría por efectivo el juicio de indigentes, quienes, en su mayoría, son esquizofrénicos o sufren alguna otra enfermedad, pero el resto de la gente verá que nos interesamos por ellos si los incluye como parte de su campaña. Sin embargo, no se tratará de una mejora al sector salud, sino algo exclusivo para ellos, estoy seguro que nos dará puntos de ventaja. Considérelo, señor.

Esa noche me fui a casa y simplemente dejé caer el peso de mi humanidad sobre el colchón, la idea de Julio había despertado algo en mí, genuina curiosidad, hacía mucho que no la sentía. ¿En realidad a los demás les importaría saber qué pasa con los indigentes y los recluidos? Yo mismo me cuestioné si a mí me importaban realmente. La mayoría se limita a evitarlos cuando los ve en la calle, incluso les tienen miedo, a otros, un tanto de lástima: “mira, pobre hombre, todo sucio. Anda, hijita, ponle una moneda al señor” o “ellos se lo buscan, seguro terminaron así por drogadictos”, ese era el tipo de cosas que uno escucha o dice cuando los ve. Y así era como de moneda en moneda, entre insultos o miradas incómodas, pasan desapercibidos.

Al día siguiente le dije a Julio que su idea me interesaba y que estaba dispuesto a seguir su plan, el cual no era muy excepcional; recorrer cada uno de los centros de salud mental, así como los puntos de la ciudad en donde más se concentraban las personas sin hogar. Los escenarios que observé durante esas visitas producían en mí la misma sensación que un mal sueño en el que lo único que puedes hacer es mirar e, incluso, todo comenzaba a cobrar sentido; comer de las sobras de la basura, inhalar solventes, fumar, embriagarse, buscar refugio bajo el umbral de una casa, tener sexo en plena calle, caminar a donde los pies te guíen y detenerte en donde haya una oportunidad que aumente tu supervivencia unos días más, no confiar en nadie o sentirse con la confianza de pedirle todo a cualquiera, una vez más en mi vida atestiguaba algo completamente nuevo para mí, la libertad.

Asimismo, y por vez primera, me sentí un poco incómodo, un intruso que irrumpía en la vida de aquellas personas. No tenía el derecho de hacerlo; además, recordemos que mi motivo básicamente era sacar provecho de su situación. Por un breve instante reconsideré si mi actuar era correcto, pero para eso tenía a Julio, quien de inmediato, como si hubiera leído mis pensamientos, me dijo “¿Lo ve, señor?, con esto seguro que ganaremos”. Lo dijo mientras una raquítica mujer se levantaba el retazo de tela que imitaba ser una falda y nos gritaba “por 100 pesos, hago lo que quieran”, sostenía a un bebé de escasos cinco meses con la otra mano. Le coloqué el billete entre unas cobijas malolientes que estaban debajo de ella y de inmediato salimos de ahí.

Durante el camino, Julio y yo no cruzamos palabras, en su cara se veía una expresión que nunca había visto en él, esta se repitió el primer y único día que Julio vino aquí, el día que ingresé aquí.

Al entrar quedamos atónitos, aquel escenario de la calle bien pudo ser una parodia de lo que ahora veíamos; vestigios de cuerpos deambulaban por el lugar. Algunos usaban lo que alguna vez fue un pantalón o una chamarra; otros solo dejaban ver su piel descubierta: cuerpos malnutridos que, irónicamente, se movían con pesadez; rostros sucios, caras demacradas, distorsionadas, reflejo de alguna enfermedad; bocas con restos de comida en su alrededor, mismas que esbozaban una sonrisa cuando alguien nuevo entraba, mostrando sus irregulares dientes, de tonos amarillos a negros y en la mayoría ya solo se veían pequeños vacíos. Así me recibieron en mi primer día.

El plan era el siguiente, permanecer un día nada más, tomar unas fotos para después irnos de ahí, pero sentía que no sería suficiente. El tiempo nos había alcanzado, la elección era en una semana, unas simples imágenes de nosotros saludando a enfermos no bastaría, así que le dije a Julio “Tendremos que cambiar de estrategia”. Ahora él me miró desconcertado, solo que yo, como era “su señor”, no tuve que darle más explicaciones. Al inicio intentamos platicar con alguno de los hombres que estaban ahí, con dificultad entendíamos lo que decían, pues les costaba trabajo articular. Un rato le bastó a Julio para decirme que era momento de partir. Lo miré y asentí con la cabeza.

Ambos caminamos hacía la puerta, volteé hacia atrás, por un momento imaginé que todos nos seguirían para intentar escapar, pero no fue así, ninguno de ellos se inmutó al ver que las enormes puertas de hierro pintado de negro se abrían, aquello no tenía cabida en mi entendimiento: ¿por qué no salir corriendo de ahí, huir, no de eso se trataba todo, buscar la libertad? Estaba confundido, era ilógico, irracional, pero, cuando mi pensamiento llegó a este último punto, lo entendí. Así que una vez más miré a Julio, él seguía sin entender, las puertas se cerraron de nuevo, por ellas él nunca más volvió a cruzar.

Diez meses han pasado ya y desde entonces sé que algo era cierto, nunca tuve interés en rescatar a estas personas, pero ellos no necesitan ser salvados. Ellos han podido escapar de todo lo que por siglos nos hemos encargado de construir y de autoimponernos. ¿Llevan una buena vida? No importa, no se lo cuestionan, superaron esa barrera de pensamiento que a los de allá afuera les está absorbiendo la existencia. ¿Ayudarlos? ¿con qué? Eso sería un acto aún más cruel que el no intentar hacerlo. Por eso nadie huye de este lugar, las puertas son un simple ornamento porque, aunque estuvieran abiertas, estoy seguro que todos volverían adentro. Ahora creo que solo existen para poder separarnos del exterior y de aquellos que aún están en la lucha por sobrevivir. Aquí no necesitamos eso, aquí todo está bien y nada lo está, pero ya no importa más.