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Cuento | Aparición

Por Dani Mariano

El auto negro avanzó lento, nadie transitaba la calle. Según la numeración de las casas faltaban tres cuadras para llegar. No conocían la ciudad, ellos mismos tenían una idea vaga de dónde venían. Estacionaron el auto, bajaron dos hombres de traje y pulcros. Uno subió los escalones de la reja, tocó el timbre y volvió a la banqueta. Era un día soleado, sin viento. 

La mujer espió por la mirilla, abrió la puerta.

—Buenos días.

—Buenos días, soy Iván, él es mi hermano Lucio, ¿se encuentra Laura? —dijo, su voz era grave.

La madre de Laura se acercó e indagó. Le explicaron que eran sobrinos de una señora mayor que había tenido un accidente y necesitaba ser atendida. Laura estudiaba el último año de enfermería y hacía trabajos de manera independiente. La mujer dijo que esperaran e ingresó en la casa. 

Laura era joven. Su rostro, redondo y suave, de ojos grandes y marrones, descansaba sobre un cuello fino. El cabello castaño le caía hasta los hombros. 

Se presentaron estrechando la mano, ella las sintió frías. Después de explicar por qué estaban ahí, le ofrecieron una remuneración muy buena, querían que hiciera el mejor trabajo posible. Nunca tuvo una oferta así. Acordaron una hora y día. Se despidieron, ella los vio subir al auto. Le daban una sensación distante, como si no estuvieran ahí. 

Bebió el último sorbo de café, masticó una tostada con mermelada, el timbre sonó, agarró un bolso negro donde guardaba los materiales, se despidió de su madre. Iván le abrió la puerta del auto y volvió a sentarse en el asiento del acompañante. Llovía, el sonido del parabrisas y las gotas al impactar invitaban a un sueño extraño.

—¿Es lejos? —preguntó Laura. 

—Es cerca —dijo Iván. 

Nunca recordó el nombre del barrio, fue un viaje de quince o veinte minutos.

La fachada de la casa era un muro de bloques rectangulares, opacado por la humedad y una ventana enrejada. Iván bajó del auto con Laura, fueron hasta la puerta negra de madera, tenía una aldaba y mirilla. Iván cerró la puerta y la llevó hasta el cuarto. Había muebles antiguos, adornos, estatuillas, cuadros en las paredes, en varias partes las alfombras cubrían el piso embaldosado.

Al llegar al dormitorio encontró acostada en la cama a una anciana en camisón, el pelo blanco y la cara arrugada. Laura se presentó, le dijo su nombre y que sería su enfermera, pero la mujer no respondió. Se levantó despacio, el camisón mostró unas piernas pálidas, esqueléticas, llenas de excoriaciones. Laura empezó a sacar gasas y distintos frascos sobre la mesa pequeña. Aplicó las soluciones, la anciana se quejó por lo bajo. Terminó, guardó los utensilios y descartó lo que debía.

—Hasta luego —dijo, no obtuvo respuesta, estaba dormida.

Se dirigió a la salida. Era una casa rectangular con un patio interno descuidado y habitaciones continuas.

«Cuántos muebles», pensó.

Abrió la puerta y volvió a cerrarla, los dos hombres aguardaban en el auto.

—No voy a casa.

—¿A dónde va? —preguntó Iván.

—Al centro.

De modo que la llevaron. Antes de bajar les dijo:

—Voy a venir los martes y jueves, ¿cómo se llama la señora? 

Llovía. Iván tosió.

—Isabel —dijo Lucio.

—Va a estar bien.

Caminó un par de cuadras hasta el bar donde acostumbraba a juntarse con los compañeros de clases. La visita a esa mujer la dejó angustiada y con la necesidad de hablar con alguien. 

En la mesa eran cuatro: Laura, una amiga y dos compañeros.

—Todos seremos viejos —dijo uno de ellos.

—No puedes saber cuánto vivirás —respondió el otro.

—Vive sola —explicó Laura.

—¿Qué le ocurrió? —preguntó la amiga.

—Tuvo un accidente.

Terminaron el café, pagaron y se fueron. 

Siempre conversó con las personas que asistía, sin embargo, hacía un mes que los dos hombres la buscaban y en ese tiempo la anciana nunca dijo una palabra. Se estremeció al recordarla.

—Lo siento, vendré una última vez, busquen a otra persona.

—¿Por qué?

—No puedo continuar.

—Usted puede terminar el tratamiento.

—No me siento cómoda, por alguna razón. Creo que deberían consultar a un médico.

—La necesitamos —dijo Iván  insistiendo.

Un bocinazo y la frenada, un chico pasaba en bici por el medio de la calle.

—Le pagaremos el doble. Se ha acostumbrado y no querrá un reemplazo, las personas mayores son difíciles.

Se sentía comprometida.

—Lo haré un tiempo, hasta que encuentren a alguien más.

Se levantó temprano, terminó de leer resúmenes. Después de almorzar fue a la facultad. Salió a las seis de la tarde, hacía mucho frío. Acostumbraba tomar café con sus compañeros, pero esta vez prefería llegar a su casa.

Fue a su dormitorio, guardó el abrigo. 

—Vinieron esos hombres a buscarte —le dijo su madre.

—Hoy no tengo que ir.

—Parecían preocupados —caminaron hasta la cocina.

—Quizá haya pasado algo —dijo Laura—. Tomó una galleta y se sirvió té.

El televisor estaba encendido, se oía música y voces tenues. Sintió la obligación de ir, podrían necesitar ayuda, en ese momento lamentó haber aceptado el trabajo.

«Será mejor averiguar qué ocurre» pensó. Tomó las llaves del auto. Su madre no quería que fuera, pronosticaron tiempo inestable.

—No te preocupes, regresaré pronto.

Bebió un trago de té que le quemó la lengua, fue al garaje, subió al auto, el portón automático se abrió y cerró tras de sí. En la noche el tráfico escaso, tenía pocas ganas de salir con ese frío. 

Llegó a la casa, bajó del auto e hizo sonar la aldaba. Un hombre de anteojos y pelo gris miró por la mirilla, quitó el pasador y abrió la puerta. 

—Buenas noches —dijo.

—Buenas noches, soy Laura.

Se le quedó mirando, aquello no significó mucho.

—La enfermera.

—¿Qué enfermera?

—La que atiende a la señora —dijo expectante.

—¿Qué señora? —frunció el ceño.

—Isabel, la señora que vive aquí —dijo con acento obvio.

—Lo siento, debes estar confundida.

—No, he venido varias veces —arqueó las cejas.

—Pero acá no vive ninguna señora.

—Conozco esta casa porque hace un mes que vengo —insistió—, en la entrada hay un mueble vidriado y el cuadro de algún familiar, primero está la cocina, después el patio interno, la pieza y al final el baño. 

Se miraron confundidos; él, por la descripción correcta, no pudo decir nada, movía la cabeza en respuesta negativa. Ella comprendió, no hizo más que pedir disculpas.

Abrió la puerta del auto, intentó poner la llave para arrancar sin que le temblara la mano.

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