El cuento en cuarentena

El cuento en cuarentena | Soyla

Por Daniel Gutiérrez Ventocilla

Hoy no iré a visitar a Rosita, ¿la razón?, me encontraré con su esposo. He planeado cada uno de los detalles del viaje para celebrar nuestro séptimo aniversario de amor clandestino. A veces quisiera que ella lo sepa, pero no. A las amigas no se les hace sufrir.

Él se llama Pablo, pero en el trabajo lo llaman Palito, por lo flaco que está.

—Buenos días, señorita Soyla —me saludó la primera vez que llegó a la empresa.

—Mi nombre no es Soyla, es Analí —le aclaré amablemente.

—Disculpa. No lo sabía, es que todos te dicen Soyla y creí que…

—No importa. Tú llámame como quieras— quedó sonrojado al escucharme. Desde ahí supe que pasaría algo entre nosotros.

Como siempre, llegué primero a nuestro lugar de encuentro para no perderme ningún detalle de su venida. Miro atenta de un lado a otro por la ventana y cuando lo veo, quiero revolotear en el vidrio como una mariposa, pero me aguanto porque está con sus amigos y no quiero que me vean. No sería bueno para nuestra relación. Me escondo tras la cortina, sobre todo, porque ahí está Umberto, el primero que me llamó Soyla y desde ese momento todos me llaman así en el trabajo. Me da cólera ese nombre, pero hasta yo tuve que presentarme como tal, ya que, si alguien me buscaba como Analí, nadie me localizaba.

Abro un poco más la cortina y miro hacia afuera. Ellos dialogan amenamente, quizá se vayan a tomar unas cervezas. A veces lo hacen luego de cumplir el mes de trabajo, pero mi Pablito no irá, estoy segura. Y así fue, él se negó, mirando de rato en rato y con mal disimulo hacia mí. Él sabe que estoy tras la cortina casi cerrada, pues las demás ventanas siempre tienen la cortina abierta. Esa es la señal de que ya estoy ahí, esperándolo. Se acerca, me emociono, saco de la cartera un espejo y me doy unos retoques, siento sus pasos subir por la pequeña escalera y de pronto aparece empujando la puerta con sus dos maletas. Me saluda gentilmente, yo respondo insinuante, mostrándole el muslo. Observo las maletas y me alegro porque no se olvidó del viaje. Canto en silencio, tratando de adivinar en cuál de ellos tiene mi regalo de aniversario:

De tin marín de do pingüé.

Cúcara, mácara, títere fue.

Yo no fui, fue Teté.

Pégale, pégale, al quien fue.

Está en la maleta azul, digo, pero no me hago ilusiones, ya que, nunca me compra nada. Cansado como siempre, se acomodó a mi lado y sin decirme ni una palabra más, se durmió. ¿Qué pasó? ¿Acaso está molesto? De qué va a estar molesto, este es un desgraciado. La sangre me sube a las mejillas, respiro hondamente, cierro los ojos por un instante y trato de calmarme. Lo miro nuevamente y ahora me da un poco de ternura al ver cómo trata de acomodarse de un lado al otro. Pobrecito está molido, digo. De pronto, la señorita del servicio aparece en la puerta. —¿Disculpen, desean algo? —dice con su boquita mal pintada. ¿Cómo se atreve a ingresar sin tocar la puerta? Estoy a punto de reventar, pero Pablo, distraído como siempre, se olvidó de cerrar la puerta.

—Disculpen, ¿desean algo? —repite la señorita. 

—Nada —contesto haciéndole señas para que se retire.

Con una sonrisa fingida sale, pero tras la puerta oigo que ríe burlonamente. Reniego, otra vez veo a Pablo y me nacen unas ganas tremendas de gritarle: Es nuestro aniversario ¿y te echas a dormir? ¡Levántate, desgraciado! ¡Mira todo lo que hice para celebrar nuestro día! No solo eso, me dan unas ganas de llorar hasta hacerle sentir mal, pero no lo haré, no porque no quiera sino porque no debo. Soy consciente de que el trabajo de estar metido como gusano de socavón debe ser terrible, y si se suma el frío insoportable de Cerro de Pasco, mejor ni me lo imagino. Pobrecito.

Cierro la ventana para que no se resfríe. Además, las amantes no se quejan, ese trabajo es para las esposas. Sabía que lo olvidaría. Los hombres son así, olvidadizos. Es un cerebro de piojo, pero no debo decirle así. ¿Hasta cuándo lo justificaré? No se sacó ni los zapatos, pero vino, eso es bueno. Espero sentada, en silencio. Miro a través de la ventana, el reloj, a Pablo, la ventana, el reloj, a Pablo, al reloj. Ya pasaron tres horas, falta poco para que se termine nuestra cita, él deberá irse y yo también. Nuevamente me resigno. La señorita vuelve a aparecer en la puerta, ya no me dan ganas de reprocharle nada.

—¡Ya llegamos al último paradero, La Oroya! Espero que hayan disfrutado del viaje. Pueden bajar.

Él se despierta, se masajea la cara, saca sus maletas y se despide.

—Hasta el lunes, Soylita.

No respondo. Solo muevo la mano como un limpiaparabrisas. Él sale adelante y los demás pasajeros le siguen. Triste, me abrazo tratando de cubrirme el cuerpo como si estuviese desnuda y cierro los ojos. Es mi forma de escapar del mundo.

—Disculpe, éste es el último paradero —me informa la señorita tocándome el hombro. Como si recién despertara, también me estiro un poco, sonrío fingidamente y abandono el bus.

Ya en la calle trato de animarme esperando que el próximo fin de mes la señora de la boletería me llame diciendo: El señor Pablo ya compró su pasaje, ¿le separo el del costado?, y yo, decidida, iré por el boleto. Una mezcla de alegría y miedo me embarga. Empiezo a temblar, me siento en una banca. “¿Soyla?”, “¿Soyla?”, “¿Soy la loca?”, se repite en mi mente junto a la risa de los trabajadores. “Pablito es tuyo”, “Pablito es tuyo”, ahora es mi propia voz. Saco el celular, dudo un poco, respiro hondamente y llamo a Rosa para contarle lo sucedido. Sé que me escuchará.

—Hola, buenos días, soy Analí. No. Disculpa, soy Soyla.

—Hola, qué gusto escucharte. ¿Cómo estás? ¿Vienes hoy?

Dudo un poco antes de responder.

—No creo que pueda.

—No hay problema, ven cuando lo creas conveniente, pero no dejes de tomar tus pastillas.

—Sí… doctora. Gracias por escucharme. Usted es mi mejor amiga.

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