El cuento en cuarentena

El cuento en cuarentena| Mi Aleph

Por Ramón Guerrero

Caminaba lento, con cierta dificultad, apoyando su vida en un báculo de roble al que tuvo que acudir cuando la humedad comenzó a bajar de las paredes para instalarse en sus huesos. A tientas, pudo extraer de una biblioteca apretada de textos ( ya incorporadas a su memoria), su libro predilecto, El Aleph, de Borges.

Lo apretó contra su pecho y respiró una bocanada de aire puro, proveniente del enorme ventanal que mostraba una gran porción marmolada de árboles y cielo, abrazando la antigua casona. Por un instante recordó el día en el que, recién casado con Esmeralda, inauguraron el nido con mucha juventud, proyectos y sueños, quebrados cuando un maldito cáncer terminó prematuramente con la vida de su otra mitad.

Ahí estaba Leónidas Paz, solo, con décadas acumuladas en sus hombros y la visión diezmada por una diabetes galopante que le dejó una pizca de luz en sus pupilas, vulnerable, rumiando una soledad que acechaba por todos los rincones. Paradójicamente, después de jubilarse centró su vida en la lectura y hoy asumía que, cuando esa pizca de luz se extinga, deberá despedirse de tantos personajes descubiertos en largas veladas de libros, café y soledad.

Entre esas cavilaciones decidió que era el momento de bajar al sótano una vez más. Lo hacía frecuentemente, abrumado por los recuerdos, la nostalgia y esa desazón que no le daba tregua, pero esta vez era distinto; apretaba una esperanza entre sus manos, bajaba a buscar su renacer, anhelaba volver a empezar…, esa era la palabra, empezar, empezar…

Al descender la escalera, se sintió entrar en una noche tan negra que no alcanzaba a distinguir las paredes borrosas; apenas divisó el viejo sofá donde dejó caer pesadamente sus desdichas. El silencio era profundo, hubiera podido oírlo de no ser por ese ratón que en su huida golpeó su urgencia contra los trastos polvorientos.

Inhaló varias veces esa humedad enmohecida y áspera, exhaló un vapor acre almacenado en años de hartura. Fue en ese instante que pudo verlo, como detrás de un cendal gris, estaba ahí, frente suyo.

El  pulso se aceleraba y las palabras se agolpaban por salir.

—¡Borges!  ¡Al fin… vino! Años esperando este momento, para renacer, para volver a empezar… ¡Quiero encontrar mi Aleph, como el suyo, con un venero de luz, como el suyo…! Que sea brillante, donde pueda ver el universo, encontrar mi luz perdida y también a mi amada Esmeralda.

» Borges, Borges, ¿puede oírme? ¡Quiero mi Aleph! Ayúdeme a ubicarlo, usted puede… Por favor… por favor. Quiero sentirme vivo, quiero ser un recuerdo para alguien el día que no esté…».

La sombra comenzó a esfumarse, también las ilusiones de Leónidas.

—Borges, no se vaya, por favor. Mi Aleph, mi Aleph, encuéntreme mi Aleph…

Afuera el sol se derramaba a raudales sobre la ciudad. Cuando vinieron a buscarlo, un silencio gélido envolvía la casa. Al levantarlo del oscuro sillón del sótano, un rimero de palabras resbaló hasta el piso musgoso.

—¿Qué fue eso, oficial?

—El  Aleph, de Borges.

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