El cuento en cuarentena

El cuento en cuarentena | ¿Alguien, por favor, me ayudará con mi miseria?

Por Sandra Carolina Jiménez Pedroza

Cuando pierdes a tu bebé dicen que no hay palabra para describirlo, pero sí. Se llama muerte en vida. Porque ¿cómo puedes sonreír, comer, incluso respirar, sabiendo que te han quitado una parte de tu alma?, ¿cómo puedes no pasar el resto de tu vida con los ojos cerrados añorando mejores tiempos?

—Hija, vente, vamos a que te acuestes un rato.

Mamá, no quiero dormir

Le digo que no con la cabeza y ni siquiera la miro porque empiezo a llorar, así que me tallo los ojos con fuerza, no quiero dejar de mirar el rostro de mi bebé a detalle. Todo él es su padre. Y me duele más. Quiero gritar otra vez, clavarme las uñas en las palmas hasta que me duela otra cosa, envolverme a mí misma con mi angustia hasta que desaparezca, pero no puedo. Hay unas manos abrazando mi pierna y una pequeña cabeza recargada en mi rodilla, al mismo tiempo que hay un muslo pegado al mío… y simplemente no puedo.

La gente se va y viene. Me miran y se acercan despacio, con los brazos al frente y pegados en su pecho, sus ojos están tristes, los de algunos incluso rojos como sangre, pero ninguno los tiene como yo. Por eso no despego mi vista ni mis manos de mi bebé, los dejo apretar mi hombro y decirme que me apoyan. Les digo gracias o eso creo. No recuerdo.

Ni siquiera me acuerdo de haber dormido o de sentir el amanecer. solo viene a mi memoria el tacto de la tierra húmeda  y el sonido de madera meciéndose. También el perfume de las rosas, los crisantemos y las campanillas blancas, lo salado de mis lágrimas y un enorme agujero que se está tragando mi universo.

¿Me haces caballito, mami?

Entonces, cuando esa inmensidad se traga mi felicidad, soy consciente de que todo mi ser está ardiendo y a la vez temblando, corro hacia esa dirección buscando encontrar consuelo en la tierra, intentando cubrirme con ella para no explotar, pienso, pero, en realidad, es para recuperar la vida que me están quitando.

Corro, grito y empujo. No funciona, pues dos brazos me rodean y no me permiten moverme. Intento alejarme, pero su fuerza es mayor, de hecho, es tanta que logra evitar que mi cuerpo gire hacia donde está ese vacío. Me mantiene anclada en su pecho durante tanto tiempo que dejo de llorar, solo observo las aves volando y cantando sin ton ni son. O si lo tienen, no me doy cuenta. Tampoco me doy cuenta de lo que sucede en adelante, no solo ese día, sino en los siguientes. Todos para mí son exactamente iguales. No hay nada nuevo ni siento algo nuevo. A decir verdad, creo que estoy muerta y nadie me lo ha querido decir, no sé si por lástima, porque no lo saben o porque no quieren verlo… tal vez una extraña mezcla de las tres.

—Les traje una sorpresa.

—Vete, mamá.

A ella no le importa. Me deja una bolsa en la mesa, me sonríe, me abraza y se va. Ignoro la bolsa y me quedo sentada viendo mis uñas, unas están más largas que otras, no me gusta, así que las muerdo y escupo al piso sin problema, paso horas haciendo, quién sabe, tal vez días porque en cuanto levanto la mirada veo a alguien a quién no había escuchado en demasiado tiempo.

—¿Tienes hambre? —me dice mientras abre el refrigerador. No me mira y tampoco busco su mirada, aunque debería.

—No.

—¿Qué es eso? —pregunta seco, sin curiosidad, solo por mera cortesía, supongo.

 —No sé.

Ya no habla más y yo tampoco. Él sigue escarbando desinteresado y yo decido abrir la bolsa para llenar el silencio. Sin embargo, no funciona. Mi respiración se acelera tanto que me zumban los oídos y me tiembla el cuerpo del dolor, la emoción y el amor. Por eso tomo con cuidado la taza que venía dentro de la bolsa y lloró al ver la cara de mi bebé ahí sonriéndome como si nada malo hubiera pasado, como si aún estuviera en mis brazos.

—¿Quieres café?

Dejo de admirar la taza y lo veo queriéndome preguntar qué pasa, se la extiendo y veo su corazón romperse, tiembla de pies a cabeza… quiero acercarme a él, pero mis piernas no se mueven y mi cerebro no reacciona  más que para observarlo dirigirse hacia mí y tropezar.

Ambos, con nuestros corazones palpitando al unísono, vemos el rostro de nuestro bebé evaporarse una vez más, dividirse en miles de fragmentos irreconocibles y sin arreglo alguno. Nos miramos boquiabiertos. Él me mira destrozado… y yo como si él me hubiera matado.

—¡Eres un estúpido! ¡Mira lo que hiciste!

—¡Perdón, perdón, perdón!

Nos tiramos de rodillas al piso peleándonos por un montón de piezas creyendo que era nuestro bebé y, en medio de esa lucha, perdemos el control, primero yo con mis palabras…

—¡Tú nunca lo quisiste tanto como yo!

Y luego él con sus manos…

—¡Nunca! ¡Nunca quiero que me digas eso! ¡Tú no sabes cuánto lo amaba! —agarra mi cabello casi como si me lo quisiera arrancar de tajo, pero en su lugar me levanta y me estampa contra la pared, una, dos, tres veces.

Doy manotazos y él aprieta más fuerte, pareciera que para tomar valor.

¡Selva! ¡Tienes una selva!

Me quita el cabello de la oreja y me grita:

— ¡Yo lo amaba! ¡Yo lo amaba! ¡¿Crees que no me duele?! ¡¿Crees que no me quiero morir?! ¡¿Crees que no daría todo porque estuviera aquí?!

Sigue gritando y maldiciendo, ya no lo escucho y él ya no me toca. Me quedo ahí de pie, con los brazos en mi pecho, mientras él cae al suelo.

—¿Qué pasó?

—¡Veté a tu cuarto!

—Mamá, ¿qué le pasó a mi papá?

—¡Que te vayas, te digo!

—Papi…

¡Más alto, papi, más alto!

Escucho eso diario desde hace mucho, pero ahora no hace más que producirme dolor, no parecido al de un golpe que se va con el tiempo, sino como el de las palabras hirientes, porque a las palabras de ese tipo no se las lleva el viento, siempre están presentes en la mente de uno, apareciendo y desapareciendo en un flash, lastimando, eso sí, con menos fuerza conforme pasa el tiempo.

Sin embargo, justo ahora, arrodillado en el suelo, no creo jamás superar esa sensación de desdicha, de ganas de morir, de que todo el mundo sufra lo mismo que yo, pero no puedo pensar así, no con ellos todavía aquí. Respiro y respiro y respiro con mi cabeza recargada contra la pared, bloqueo sus voces e intentó pensar en el pasado, en los días buenos.

¿Te ayudó a pintar, papá?

Funciona. Y casi puedo oír a mi cuerpo, a mi cerebro y mi corazón estirándose, relajándose, aferrándose a memorias en busca de paz como lo han hecho hasta ahora. Cuando siento que por fin estoy bien, me levanto. Ellos ya no están a mí lado. Se han ido al sillón. Ambos cubiertos por una vieja cobija y viendo fotos.

Tomémonos una foto

—Por favor, perdóname

—Y tú a mí.

No nos abrazamos, pero nos sentamos uno junto al otro, unidos no solo por la pequeña pepita de felicidad que nos queda, sino también por el amor a la que nos quitaron.

¡Miren! Hay un arcoíris

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