El cuento en cuarentena | Él

Foto de Zachary DeBottis en Pexels

Por Guadalupe García Acosta

Caminaba lento por el sendero, sus botas estaban llenas de lodo y polvo. No soportaba el dolor de su tobillo y a cada paso podía apoyarlo menos. Pero no podía detenerse, el miedo la impulsaba a seguir. Sentía un escalofrió que le recorría todo el cuerpo, como si una cubeta de hielos cayera una y otra vez desde su nuca hasta los pies. Se detuvo un segundo para quitarse la bota y escurrir la sangre.

Volteó con la esperanza de estar sola, pero vio la sombra lejana que se acercaba a paso firme. Comenzó a temblar, no podía controlar las manos y su quijada sonaba como una melodía incoherente que no la dejaba pensar con sensatez. Como pudo, comenzó a correr y por fortuna encontró un árbol. Deseó con todas sus fuerzas que se convirtiera en su refugio, que sus ramas la abrazaran y la hicieran invisible, que su tronco se abriera y se la tragara en ese mismo instante, pero únicamente logró ponerse detrás, pegada lo más posible a él.

No quería, pero sus lágrimas rodaron sin dar tregua, no podía respirar. En su pecho cargaba un peso tremendo, dolía más que nada y su garganta quemaba como si tuviera brazas. Se llevó una mano a la boca y cerró los ojos. Ya no quería ser valiente, quería abandonarse, pero por instinto y como última esperanza volvió a abrirlos.

Frente a ella estaba la figura más macabra que jamás se había imaginado. Era un ente etéreo, oscuro y al mismo tiempo terrible. Despedía un olor nauseabundo, una mezcla de alcohol y vómito, unos ojos brillantes la miraban con lujuria y baba, como brea, escapaba de una hendidura que, suponía, era su boca. 

Despertó de un sobresalto y aún temblaba completa, sus lágrimas seguían cayendo incontrolablemente, quería respirar, pero el pecho seguía pasmado. Quería hablar, pero le faltaba el aire. Entonces, a los pies de su cama vio una silueta que se sentaba. Intentó mover sus pies, era en vano, estaba petrificada. La silueta se giró para mirarla, estaba borrosa, parecía un rostro familiar, pero al mismo tiempo podía ser cualquiera. 

—¿Estás bien? Te ves muy pálida. ¿Quieres un vaso de agua?

Como si hubiera roto un hechizo con apenas esas simples palabras, pudo moverse y comenzó a sollozar sin pena y sin remedio. Él se acercó y la abrazó. Se aferro a él, como un niño perdido después de encontrar a su madre y lloró, lloró lo que le pareció un largo rato. Ya más compuesta le tomó las manos, pero estaban heladas y comenzaron a desvanecerse. Lo miro confundida, pero en el fondo sabía lo que significaba.

—No lo vuelvas a intentar, no puedes huir, nunca podrás. No importa cuántas veces despiertes, yo te voy a encontrar siempre. Mi pequeña, tan inútil, tan ingenua.

Otra vez estaba en su cama con los ojos bien abiertos como pozos negros, llenos de lágrimas. Esta vez no estaba segura de si no podía moverse o no quería hacerlo. Se preguntaba si valía la pena intentarlo o si era mejor darse por vencida de una vez. Cuántas veces se iba a repetir esa noche, para qué despertar, para arrastrar su cuerpo hasta la ducha y quedarse ahí tirada hasta que el agua se enfriara a tal grado de doler, para después obligarse a vestirse, masticar de mala gana un par de galletas mientras su garganta se cerraba casi involuntariamente haciendo que rasparan. Luego, seguiría caminar hasta la parada, subir al transporte, bajar, caminar mecánicamente, contestar sin ganas sin recordar lo que decía, llegar a la universidad para ser el centro de diversión de sus examigas que la bulleaban, encontrar a su exnovio para escuchar sus reproches junto con su par de amigos que le gritaban “puta” en los pasillos. Los maestros le advertirían que reprobaría irremediablemente el semestre. 

Como si algo de todo ello la asustara o siquiera le importara. Simplemente quería regresar a lo que consideraba su refugio, un cuartucho en una casa para estudiantes que, lejos de alegrar a los residentes, los deprimía con solo mirarla, y por fin tirarse en la cama, abrazar sus piernas en posición fetal, dejar que su perro lamiera sus lágrimas e intentar no quedarse dormida. Intentaba no volver a verlo. Pero como cada noche, él volvía. Regresaba en sus sueños y vivía en sus recuerdos. Lo llevaba en la mente, pero nada dolía tanto como pensar que lo llevaba en la sangre. Y de allí, querido lector, no podemos sacar a nadie.