El cuento en cuarentena

El cuento en cuarentena | Era mi abuelo con mi padre

Por Paul Estévez

En la blanca casa de mi abuela, aparece corriendo en el patio María, mi hija de cuatro años. La tomo de la mano y la llevo a la tienda de la calle, lugar a donde mi padre solía llevarme cada vez que yo quería comer alguna golosina cuando yo era un niño.

Llegando al establecimiento, le sugerí a María que me dejara pedir los dulces, garantizándole que los confites que yo elegiría por ella serían de lo más exquisitos. Ella asintió. Pedí entonces dos barras de chocolate Bandido. Acto seguido, la dependiente, que era una mujer de edad avanzada, lentamente y con cierta torpeza, sacó una gastada caja de madera dorada y me entregó dos piezas del chocolate solicitado. 

Noté algo raro en la atmósfera del local, una sensación de extrañeza invadió el ambiente. Recordé que esos chocolates habían sido descontinuados hacía ya bastantes años y que si los había pedido se debía a una especie de lapsus en el que mi memoria había incurrido. Sin embargo, en mis manos tenía dos barras de un extinto chocolate, por un momento especulé la posibilidad de no estar en el presente, sino en el pasado, cuando yo era un niño.

Entonces, todo en la tienda era tal y como yo muchas veces lo había visto, todo era una recreación del pasado: los refrescos y los dulces con sus antiguos diseños de marca, los adornos y sus colores quebrados, y esa peculiar mezcla de aromas entre dulces, perfume de mujer y líquidos de limpieza. Entró al establecimiento gente que yo había visto en mi infancia, pero ellos, sin mirarme, pidieron su mercancía y se marcharon tal como llegaron.

Miré mi reloj de pulsera y me di cuenta de que era más o menos la hora en que mi padre me solía llevarme a la tienda. Seguía mirando fascinado la tienda mientras daba a María el chocolate previamente desenvuelto. En ese momento entró un hombre muy joven con un niño tomado de su mano, tuve la sensación de que me miraba en un espejo de infinitos reflejos: era mi padre y el niño era yo.

Mi padre, insensible a mi presencia adulta, solicitó al yo niño que lo dejara elegir los dulces por él, garantizándole que los confites que elegiría serían de lo más exquisitos. Pidió entonces dos barras de chocolates Bandido”, por lo cual la dependiente, ahora un poco menos vieja, sacó ágilmente una caja de madera dorada y le entregó dos piezas del chocolate solicitado.

Mi padre comenzó a observar con atención y extrañeza toda la tienda, y me di cuenta de que él ha entendido que no está en el presente, en su presente, sino en el pasado, en su pasado. Ahora los objetos que estaban en el comercio eran tal y como él siempre me contó que eran cuando él era un niño: los antiguos anaqueles, los dulces, los aromas, los colores y la misma dependiente, solo que ahora más joven. 

Mi padre volteó a verme (al yo adulto) y me preguntó: «¿Qué hora es?». Impresionado, miré mi reloj de pulsera y estaba a punto de responder cuando en ese instante entró otro hombre muy joven con un niño de la mano.

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