El cuento en cuarentena | Deidificar

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[Como resultado del concurso “El cuento en cuarentena”, organizado por Palabrerías, con apoyo de las revistas Teresa Magazine, Tintero Blanco y Zompantle, este cuento será incluido en la antología El cuento en cuarentena, la cual podrás hallar próximamente de manera gratuita en la página de Palabrerías]

Por Amilcar Esaú Bibiano

Santiago acababa de masturbarse. Escuchó que en la habitación de al lado una silla se movía y alguien se ponía de pie, así que se apresuró a limpiar. Inmediatamente cerró la pestaña del porno, ni siquiera le había puesto atención esta vez. Ya van varias en las que solo veo esto para prenderme, pensó. Un rostro, una expresión facial, más bien, se le vino a  la cabeza, nítida: era la persona que lo hacía eyacular últimamente. Arrojó el pañuelo empapado al bote de basura y permaneció sentado con el cierre abajo y el pene fláccido de fuera, viendo a ningún lado.

            En eso entró Sara a la habitación.

            —Oye, ¿tú sabes cuál es la diferencia entre «deificar» y «deidificar»? —preguntó Sara.

            Santiago ni siquiera la miraba. Se acordó de una vez en la que Sara irrumpió de forma similar, nada más que entonces Santiago todavía tenía el pene en el puño. A Sara le excitó la imagen, se acercó para hacerle una mamada y tuvieron sexo. Aquello se repitió varias veces, de forma más o menos idéntica. Lo único que variaba era la ropa de Sara. Lo malo es que justo acabo de venirme, pensó Santiago.

            —Oye —volvió a decir Sara—. ¡Oye! —Santiago la miró con una expresión demacrada—. ¿Qué te pasa?

            —¿En serio no me vas a decir nada? —contestó Santiago.

            —¿Nada de qué o qué?

            Santiago vio de reojo su pene desnudo. Sara bufó.

            —No mames, Santiago, se escucha perfectamente cuando te la estás jalando y lo haces tanto que ya me da igual.

            —¿Ni siquiera te resulta incómodo?

            —Pues… al principio, pero yo también me masturbo, ¿sabes? No es como que sea cosa del otro mundo.

            Santiago volvió a mirar al vacío, trató por un instante de traer de vuelta el rostro que lo hacía eyacular y solamente pudo ver el rostro de Sara, eso le molestó. No era que el rostro de Sara le fuera desagradable, tampoco tenía algo en especial; aunque, cuando le hacía la mamada… Lo que jodía a Santiago era notar que en ese preciso instante no se le paraba.

            —Entonces, ¿no sabes? —insistió Sara.

            —¿Cómo es que yo no me doy cuenta cuando tú te masturbas?

            —Bueno, pues… porque a mí me gusta ser más discreta y suelo hacerlo en la noche, cuando ya te jeteaste o de plano cuando no estás.

            —¿Y… nunca…? —Santiago expresó su disgusto en una mueca y volvió a mirar a Sara—. Si yo te viera masturbándote —aseveró—, no me quedaría en la puerta nada más, esperando a que me respondieras una pregunta tonta.

            —¡No es tonta! —exclamó Sara, casi riendo—. Además ya no te estás masturbando, solo tienes el pene de fuera.

            —¿Y eso no…?

            Como Santiago no dijera nada, Sara interrogó con una mueca:

            —No me va a excitar tu pene flácido, Santiago —dijo y rió.

            Santiago se tapó la vergüenza, se acomodó bien en su silla y trató de volver a lo que hacía antes de masturbarse.

            —No hay diferencia. Bueno, sí la hay, pero no porque se refiera a algo distinto: “deidificar” está mal dicho, lo correcto… ¿Y nunca se te ha ocurrido tener sexo conmigo? —se interrumpió a sí mismo.

            —¿Qué…? Hum… Pues no, ja, ja. ¿Tú lo has pensado?

            Lo cierto es que esa vez había sido imaginaria.

            —No —contestó Santiago rotundamente.

            —¿Entonces estás seguro de que son lo mismo, nada más que uno está mal dicho?

            —Sí.

            —Bueno… Gracias —se alcanzó a escuchar la dulce voz de Sara que volvía a su habitación.

            Pasó una hora y Santiago no pudo concentrarse en lo que estaba haciendo, tuvo que salir a caminar. Sara le encargó un pan dulce, lo compró de mala gana y, cuando lo tuvo en mano, pensó brevemente en echarle algún afrodisiaco. No lo hizo. Cuando regresó a casa ni siquiera se acordó de que en la bolsa llevaba pan. Se fue a dormir.

            Esa noche vio claramente la expresión para la cual eyaculaba: enorme, verdaderamente gigantesca ante él, envolviendo todo poco a poco. De pronto, Santiago no era sino un bicho insignificante ante el omnipresente rostro de Dios y este le decía:

            —No mames, Santiago, se nota perfectamente cuando te la jalas y, la verdad, me da igual.