El cuento en cuarentena | El que nunca dejó de ser

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[Como resultado del concurso “El cuento en cuarentena”, organizado por Palabrerías, con apoyo de las revistas Teresa MagazineTintero Blanco y Zompantle, este cuento será incluido en la antología El cuento en cuarentena, la cual podrás hallar próximamente de manera gratuita en la página de Palabrerías]

Por José Carlos Monroy

Érase una vez, en lo más antiguo de la antigüedad, un rey que gobernaba de la forma más racional posible en sus dominios; era tan meticuloso en ello que había instituido el Ministerio de las Cosas sin Importancia para atender todas aquellas minucias que no competían a los demás ministerios: quejas patricias, denuncias plebeyas, disputas brujeriles y un larguísimo etcétera.

Este monarca estaba realmente obsesionado por el control y el poder; la sola idea de que existiese algo fuera de su alcance lo enfurecía, tanto que prohibió la existencia de la palabra «incontrolable» en los diccionarios y, si alguien se atrevía a escribirla o pronunciarla, así fuera con fines educativos, era condenado a trabajos forzados en las galeras del reino por nueve años (el nueve era el número favorito del rey). Cabe mencionar que, por muy racional y científico que fuese, el rey era muy supersticioso en realidad: durante temporada de secas, organizaba de forma encubierta ceremonias para invocar a la lluvia; durante la de lluvias, otras para que dejase de llover; en invierno, para que hubiese calor y viceversa.

Esta característica le llevó a rodearse de todo tipo de consejeros: brujos, magos, sacerdotes, agoreros, augures y adivinos que le advirtieron, durante una celebración de su aniversario en el trono, que moriría por causa de un rey; curiosamente, los países vecinos eran repúblicas: él era el único rey. Esta premonición le inquietó de tal modo que, al día siguiente, proclamó la República y convocó a elecciones. Claro que no abandonaría el poder por el simple hecho de dejar de ser rey; no, por el contrario, se postuló como candidato y, con el apoyo de la antigua estructura monárquica, creó su propio partido y otros de oposición. Ganó por amplio margen de votos y así pudo continuar con su gobierno por otros años más y, con la ayuda de las leyes reeleccionistas, de forma vitalicia.

El cambio de aires de reino a república le gustó tanto que aplicó el mismo organigrama, pero con nombres republicanos y lo mejoró aún; por ejemplo, el extinto Ministerio de Cosas sin Importancia pasó a ser un organismo descentralizado y pudo repartir de forma mucho más eficiente el presupuesto y vigilar a los opositores políticos con la creación de nuevos partidos. No se conformó con eso: innovó con la maniobra política al hacer que ganara otro partido y el candidato de este declinara a su favor. Ni hablar de cuando renunció a su partido durante un arranque de ira y toda la gente seguía votando por él aunque cambiase de partido. Su manejo de la política era cada vez mejor, incluso se convirtió en un ferviente republicano y, por ocasiones, olvidaba que fue rey algún día.

Un día de tantos recibió una invitación a una cena en su honor organizada por un club de admiradores, se sintió extrañado de que pudiese existir algo así: sabía que su sex appeal era irresistible, tenía adeptos que le creían una divinidad encarnada, e incluso tenía mucha aceptación entre la comunidad LGBT… pero ¿un club de admiradores? La aceptó con mucha curiosidad y acudió puntualmente.

Llegó al lugar de la reunión y se encontró con que, efectivamente, era un club de admiradores que no dejaban de obsequiarle regalos, unos modestos, otros sibaríticos, de todo tipo. Compartieron el pan y la sal alegremente y al término de la cena, el momento cumbre, el presidente del club tomó la palabra para dar un brindis. Todo mundo miró a la pared donde colgaba un objeto cubierto por una manta, la expectación era vibrante. Una vez terminado el brindis, el presidente fue llevado por el anfitrión frente al objeto a cierta distancia; este último le dio un cordón que debía jalar para desvelar el regalo, en el momento en el que el agasajado tiró de este, se escuchó un crujido atronador. Cuando llegaron los médicos ya era tarde: al levantar el objeto, pudo verse que era una pintura del occiso vestido como el rey que una vez fue.