El cuento en cuarentena | Singularidad

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Por A. H. Ucán

El capitán Ed Carabeo se paseaba tranquilo y resignado por la zona de mando de la nave Icarus IV. Miró su muñeca, apretó el botón de grabación de audio en su pulsera y comenzó su última bitácora.

—Diario del capitán, tres horas después del naufragio. Tras haber encendido los motores tesla, avanzamos exactamente cuarenta y dos minutos con trece segundos. Alcanzamos a salir del sistema solar, pero no llegamos ni a la mitad de la nube de Oort. Es decir, en el espacio que hay más allá de la órbita de Plutón algo nos atrapó en el camino… aun a hipervelocidad —dijo mientras miraba al techo. Estaba solo en el cuarto de mandos principal reservado para él. 

Cambió todos los sistemas de la nave a control manual regional.

—Que salimos del sistema lo supimos siempre. Manteníamos vigilada nuestra trayectoria como buenos marineros, también, porque las miles de almas que transportábamos no eran cosa de juego —Tras una pausa dio un largo suspiro de resignación—. Lo nuevo es que ahora sabemos exactamente dónde estamos. Mejor aún: ahora sé dónde estoy. He apagado todos los motores, solo resta esperar y llevar a cabo un muy antiguo dicho marinero: «El capitán se hunde con su barco». Es irónico que mientras más nos alejamos en tiempo y en espacio del lugar donde se dijo, más cierto esté resultando.

Ed Carabeo salió del cuarto de mandos y se dirigió al interior de la nave, para ir apagando sistemas manualmente. Lo hizo sin prisa, tomando varios elevadores y pasillos.

Volvió a accionar su pulsera y cambió a grabación inmersiva del entorno. Necesitaba registrar la totalidad de su último recorrido. Comenzó por la sala de navegación en la parte superior, un sitio con amplias ventanas-monitor que abarcaban toda la cúpula de la nave, para poder ver por fuera como si no existiera un techo.

—Estamos en la sala de navegación. Espero que se puedan observar en la grabación las imágenes que hay en las ventanas-monitor de la cúpula, es un negro absoluto. Y no, no hay error, se ve exactamente como es afuera: no hay visibilidad de estrellas. Si nos acercamos a cualquier ventana que muestre el exterior distinguiremos exactamente lo mismo.

El capitán apagó la cúpula de monitores, no hubo gran diferencia salvo que ahora el brillo era menor. Se dirigió a los paneles de navegación en un mezanine inferior. En una de las pantallas, frente a los asientos de los ingenieros de navegación, podían verse los vectores que siguió la nave junto a las trayectorias de los cuerpos celestes conocidos con que podía llegar a colisionar. Todos los planetas del sistema forman órbitas casi similares en inclinación, de forma que asimilan un enorme disco con muchas pistas en él, como una versión colosal de los anillos de Saturno. La trayectoria de la nave se mostraba por encima de ese disco, pero no tan alejada.

   —Cuando salimos, seguimos esta trayectoria. La idea era que este disco que vemos aquí, que forma las órbitas de nuestro sistema, nos sirviera como plano de referencia cuando estuviésemos lejos del espacio conocido. La dirección que seguiríamos debía ser hacia Gliese 667 Cc. Nosotros seríamos sus primeros colonos.

El capitán señaló con el dedo la pantalla en la que se veía el trayecto completo. Dejó el dedo justo en el punto en que se interrumpió el vector de la trayectoria de la nave.

—Pero al llegar acá, dejamos de avanzar. Al principio no perdimos aceleración de golpe, de haber pasado eso seríamos manchas rojas en las paredes de la nave. No, un cuerpo oscuro nos comenzó a atraer y empezamos a volar en espiral directos hacia él como lo hace el agua en los lavatrastes y escusados. —Hizo un gesto de expansión cerca de la pantalla. Esta se amplió en el extremo del vector y dejó ver la espiral de la que hablaba—. En este punto tuvimos claro el destino: el núcleo de esta singularidad nos atrae como el centro de un remolino. En un primer momento, los ingenieros de navegación pensaron que era un agujero negro, porque dejamos de ver la luz de las estrellas. Pero lo descartaron de inmediato porque podíamos movernos dentro de la nave y, a pesar de esta monstruosa gravedad, no nos había matado, convirtiéndonos en un espagueti infinitamente largo. Entonces alguien dijo que existía una posibilidad, que era muy remota, pero que podría ser que se tratase de un fenómeno conocido.

El capitán hizo un gesto de reducción con ambas manos y la visibilidad de los vectores se contrajo tanto que el sistema solar ya cabía en los límites de la pantalla. Lo redujo aún más, hasta que un nuevo vector irregular en forma semejante a una elipse de color rojo apareció.

—Durante años fue una suposición; un rumor no confirmado entre la comunidad científica; una casi curiosidad matemática. El llamado Planeta X. Sí, ese maldito sitio existe, lo tengo justo frente a mí. Y le ha dado por aparecer precisamente ahora. Por décadas se especuló que tal vez sería un agujero negro del tamaño de una pelota, un cuerpo hecho de material oscuro que no refleja la luz, o un planeta con una órbita tan excéntrica que fuese imposible verlo desde la Tierra o Marte. ¡Pues ahí está! Es todo eso.

Ed Carabeo señaló la órbita roja, que parpadeó un poco con el gesto.

—La trayectoria del objeto no es natural, es demasiado excéntrica y está muy alejada de la de los planetas del sistema. Tampoco es natural la forma en que absorbe la luz de sus alrededores. Al menos no es comparable con cualquier cosa que la humanidad haya conocido hasta este momento, ni con lo que los instrumentos de la nave nos han permitido calcular en estas tres horas. Es como si hubiera estado esperando a que pasásemos por aquí para chocar con nosotros, casi como si fuera una trampa puesta por alguien que no desea que abandonemos el sistema. Lo sabremos cuando el Icarus IV lo destroce.

Un nuevo vector de color verde apareció en la pantalla, en sentido tangencial al que la nave seguía, era justo como ver una onda en el momento en que soltaba una piedra. El capitán lo señaló con el dedo índice y parpadeó.

—A esto lo llamamos operación David, fue ejecutada hace unos minutos.

El oficial apagó las consolas de mando restantes y todo quedó en penumbra. Después encendió la lámpara de su pulsera y salió de la sala de control rumbo a la cúpula inferior de criogenia. Aquel lugar era un área extremadamente grande con forma de esfera. El hombre encendió de nuevo la grabación.

—Esta es la cúpula inferior de criogenia. En ella almacenábamos todo lo que íbamos a necesitar para la colonización, desde personas, hasta muestras genéticas de animales y plantas. La nuestra no es una nave de batalla, no tenemos armas, y es tan grande que nos sería imposible descender en ella a nuestro destino, por esta razón, solo debía bajar el vehículo colonia con todo el personal. La Icarus permanecería en órbita como nave madre. La parte superior de esta cúpula —dijo el capitán mientras señalaba el enorme espacio vacío y calcinado en la parte superior —está quemada por la salida de la nave colonia. 

Su pulsera mostró una animación holográfica, se trataba de una semiesfera que giró ciento ochenta grados hasta quedar en posición inversa. Esta se había incendiado en el extremo superior y salía disparada empujando el recipiente que la contenía.

—Esto es básicamente lo que sucedió con la tripulación y todo lo que llevábamos en la Icarus IV: usaron el impulso de la nave matriz para poder escapar de la fuerza gravitatoria de la singularidad que tenemos enfrente, y en la maniobra, han usado esta como proyectil. Ahora estoy tomando la precaución de apagar todos los sistemas, por seguridad. El plan es encenderlos de nuevo antes de colisionar, para que esta misma nave destroce lo que está justo delante de nosotros. El acercamiento será sigiloso, para que nuestra firma de calor o eléctrica no sea detectada. Si tenemos razón y es un cuerpo artificial, debería ser posible destruirlo con la colisión de la Icarus, lo que liberará de la gravedad de esta cosa a la nave colonia y podrá regresar a la Tierra —dijo el capitán, en lo que se dirigía a un elevador y apagaba las luces del área.

—Es mi deber quedarme a encender los motores justo antes de la colisión, para que no haya riesgo de fallo o en caso de que algo llegara a salir mal, pilotar la nave para poder dar en el blanco. Así pues, a quien sea que le llegue esta grabación, espero que le sirva para que sepa a qué tipo de barrera podría estar enfrentándose si trata de abandonar el sistema. Capitán Ed Carabeo de la nave colonia Icarus IV fuera.

El oficial apagó la grabación de su pulsera, mientras se dirigía en total oscuridad, rota solo por el dispositivo de su muñeca, al cuarto de mandos donde comenzó y terminaría su recorrido. Solo restaba apagar los elevadores y el sistema de comunicación, pero antes enviaría su mensaje a la nave colonia, para que supieran que todo iba conforme al plan. Con suerte podrían retransmitirlo. 

Y así lo hizo, cuando llegó al cuarto de mandos tomó control manual y visual de la nave. Esperó.

Pasó cerca de una hora más. Ese era el tiempo que los sensores determinaron para la colisión con el Planeta X. La trayectoria en espiral más pequeña y el aumento paulatino de la gravedad por la rotación lo confirmaba: estaba cerca del centro. Al parecer el plan había funcionado y no fue detectado.

El capitán encendió los motores, los puso a máxima potencia, era indispensable golpear con la mayor fuerza posible el objeto. El giro en espiral de la nave se hacía cada vez más rápido, la gravedad cada vez más pesada. No tuvo que corregir ninguna trayectoria, el choque de ambos cuerpos era inminente. 

Estaba a punto de colisionar cuando, Ed Carabeo, reunió todas sus fuerzas. La gravedad le acababa de romper el brazo, la muñeca y cada una de las falanges de sus dedos justo cuando los movió para presionar un último botón. Emitió un grito desgarrador, mezcla del dolor y de la satisfacción de saber que estaba cumpliendo con su deber. Con ese gesto encendió las grabaciones de vídeo exterior. Estas lograron captar lo que estaba sucediendo durante unos segundos, y lo transmitieron antes de la destrucción total.

Dos señales llegaron al mismo tiempo en dos sitios distintos. La primera de ellas era el vídeo inmersivo de escasos segundos que llegó a la nave colonia que antes pertenecía a la Icarus IV. Este mostraba una exitosa colisión en la que se había logrado partir un pedazo bastante significativo del Planeta X y ahora las estrellas se habían vuelto visibles de nuevo. Entre los fragmentos desprendidos del planeta, en ese único segundo de grabación visible que se consiguió, se había podido distinguir claramente la presencia de cuerpos metálicos, otros objetos que semejaban el estado superfluido y rafagas de energía. Más tarde, cuando los ingenieros lo estudiaron a fondo, descubrieron que podrían ser restos de otras naves de origen desconocido, o parte de una estructura artificial.

La segunda señal llegó a un panel de alerta en otra dimensión fuera del universo conocido por el hombre. Era un panel de control en el que una luz acompañada de una leyenda proyectada en cinco dimensiones distintas indicaba que uno de los tres cuerpos centinelas carceleros del experimento 3-S-VIAL-ANDR fue destruido y había una alta probabilidad de contaminación por exposición directa con otros experimentos cercanos.