Cuentos

El cuento en cuarentena | Sin cochera ni pista de baile

Por Israel Montalvo

Cuando despertó, descubrió que había ganado el avión presidencial. Aunque no recordaba haber participado en algún concurso ni mucho menos en una subasta. Lorenzo Tavares confirmó su sospecha cuando vio los memes con su nombre que le enviaron por mensaje sus conocidos.

Lorenzo ya era un personaje viral desde su boda con la mueca inflable con la que compartía su vida y ahora esto. No sabía cómo tomarlo. Tal vez era un error o una broma que alguien le había gastado. ¿Pero por qué tomarse la molestia? No era una persona que tuviera gran contacto con el mundo exterior, vivía enclaustrado en su departamento con el amor de su vida que conoció en el aparador de una sex shop. Ella siempre tenía esa expresión inquebrantable con esos ojos saltones y la boca simulando un agujero negro. 

Se desvió de su habitual programación de tv, para darle un ojo al canal de noticias, en donde un payaso de pelo verde hablaba del costo del avión y mostraba primeros planos de la nave aterrizando y despegando. Lorenzo veía de reojo su casa, inspeccionaba la sala, la cocina, el comedor y no tenía idea de dónde metería esa monstruosidad. No poseía una cochera en ese segundo piso. Dejó todo al verse en la pantalla del televisor. Era una foto de su boda, con ese vestido de chocolate que le compró a su amada. Aún recordaba el sabor de esas costuras, ese había sido el día más feliz de su vida; y luego, los memes, los chistes que poblaron redes sociales y las pláticas de cada persona con la que se topaba desde entonces. Había pasado casi un año y ahora todo el mundo hablaba de ese condenado avión. Justo cuando creyó ser olvidado despertó siendo el centro de atención.

Esa mañana pasaron un fragmento de la conferencia matutina de ese hombre de pelo blanco y que tenía ese acento tan chistoso.  Tan solo era unos años mayor que Lorenzo aunque parecía más acabado. Ese hombre hablaba de que la oferta más sensata por el avión fue hecha por el pueblo, de un humilde ciudadano, un abuelito que vivía en un pueblo olvidado por Dios quien en su inocencia e ingenuidad le había demostrado que era merecedor de ese armatoste. Ese pequeño pueblo no tenía aeropuerto y la mitad de sus habitantes cabría cómodamente sentados en él. El hombre afirmó que, con su ayuda, ese pueblo tendría aeropuerto y en él daría trabajo a todo el poblado.  

—Ese venerable abuelito podrá hacer posible su sueño de viajar por el mundo.

Esa fue la última frase emitida en el fragmento de la conferencia y que retumbó en lo más profundo de Lorenzo, no sabía si sentirse bien o mal al respecto. Ese hombre era más viejo que él y parecía un simpático desastre y eso que los mejores años de Lorenzo habían pasado hace unas décadas.

La idea de un aeropuerto en la ciudad era tan surrealista que le parecía incomprensible, ese pueblo vivía del campo que ahora se volvería una pista de aterrizaje. Y viajar por el mundo no era su sueño, o al menos no uno que ocupara salir de su casa, le encantaba ver “Madrileños por el mundo” en Youtube. Esa era la mejor forma de viajar que conocía, en su sillón, frente a su enorme televisor y con su mujer a un lado.

Ella había sido el sueño de su vida, lo supo desde que la vio en el aparador de la sex shop. Pero ese hombre decía que ahora su mayor anhelo era viajar en ese armatoste. No le gustaba ni salir a caminar por las tardes y ahora tenía la posibilidad de recorrer el mundo en primera clase. No sabía si agradecer o maldecir a quien lo hubiese incluido en ese disparate. Lorenzo dio un vistazo a su amada que se encontraba tumbada en el sillón de la sala esperando a que él la acompañase. “¿Crees que los de Madrileños por el mundo hagan un episodio aquí?”, le preguntó en voz baja a su amada. “Creo que Manolo el de la farmacia es de allá, o al menos, habla como uno. Siempre dice ‘coño’ y ‘joder’. Tal vez deberíamos pintar el avión, se ve muy formal así, ¿te parece bien azul pastel?” Lorenzo se quedó a la espera de una respuesta, pero su amada no tenía palabras de aliento ante ese absurdo.

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