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Cuento | Una crónica escolar

Por Mauricio M. Sánchez

Durante la secundaria tuve un profesor que fue muy duro conmigo; en realidad lo fue con todos, pero había una fijación en mi contra. Impartía la materia de matemáticas. Recuerdo que el primer día de clases llegó y nos dijo orgullosamente: “Ustedes tienen el honor de estudiar con el mejor profesor de esta escuela… Conmigo casi nadie aprueba”, frase muy contradictoria porque ¿cómo puedes ser el mejor profesor y hacer que todos tus alumnos reprueben? Es ilógico.

No voy a mentir, explicaba bien las cosas, pero te infundía miedo; entonces, ya no importaba qué tan bien entendías el tema, porque al final temías haber hecho algo mal y que te humillara frente a tus compañeros. Todos deseábamos que nunca llegara su hora de clase o que no asistiera por el tráfico o una gripe.

Yo siempre he sido amante de las artes y fue por ellas que me di cuenta del rechazo que tenía hacia mí. A inicios de ciclo participé en un baile escolar, organizado por la maestra de inglés, la cual, en contraste con este profesor, era bastante empática con los alumnos. Los ensayos eran durante horario de clase, por lo que teníamos que pedir permiso a los docentes para asistir. Yo tenía mucho miedo de acercarme y preguntarle, por lo que al final la maestra de inglés fue a consultarlo por mí, pero él respondió secamente: “No”; y justo antes de eso había dejado salir a una compañera para exactamente lo mismo. Esa hora me quedé sin ensayar, pero en la clase siguiente sí me dieron ese permiso. Al otro día sucedió lo mismo y entonces entendí que su clase era intocable –al menos para mí.

Así fue todo tercer grado. Las presentaciones artísticas no eran muy recurrentes, por lo que en ese aspecto casi no tuve problemas, pero igual encontraba la manera de reclamarme o hacerme algo –como aquella vez que llevé un gorro por el frío, y él me lo arrebató de la cabeza para lanzarlo agresivamente al suelo–. Recuerdo muy bien una vez que tuvimos un trabajo en equipo, estábamos mis amigos Santiago, Pablo y yo. Siempre hemos sido muy apegados –ya van 8 años de amistad–, por lo que decidimos hacerlo juntos. Ellos dos eran los más aplicados de la clase, entregaban todo y entendían muy bien los temas, eso me ayudaba mucho, pues cualquier cosa que no entendiera me explicaban. Esta actividad constaba de hacer un vitral de papel; debido a lo que requería este trabajo lo hicimos fuera del aula, en el pasillo. Todos estábamos cooperando y después de un rato tomamos un descanso, fue en ese momento que llegó el profesor y me reclamó que no estaba haciendo nada, que era un holgazán, que no pasaría su materia y muchas otras cosas: de nuevo humillándome frente a mis compañeros.

Para ese punto yo ya estaba harto de todo, los síntomas de la adolescencia estaban muy presentes: rebeldía, tristeza, desesperación y además un profesor que me odiaba. Las clases las entendía cada vez menos, no entregaba las tareas y de vez en cuando le hacía frente, pero aquello terminaba en un llanto para mí, debido a la frustración.

Hacia finales del año escolar, en noviembre, se estaba organizando una ofrenda en el salón de danza, donde además haría una pequeña participación musical. Estábamos ya en presentaciones y yo me encontraba maquillado, vestido de catrín y tomando esa clase, sintiendo la mirada fija del profesor. Hubo un momento en el que yo eché un vistazo al exterior, no miento al decir que como máximo fueron cinco segundos los que estuvieron mis ojos posados sobre la ventana, y entonces escuché fuertemente: “Mauricio, salte del salón”. Traté de replicarle, pero mi mente estaba pasmada. Repitió con un tono más alto: “¡Que te salgas del salón!”. Sin ninguna opción me retiré, pero antes de ir muy lejos me interceptó y me dijo: “¿Crees que esas cosas en verdad te van a servir? Solo es pérdida de tiempo y si sigues por ese camino no vas a terminar bien, acabarás en la calle, no tienes futuro”.

Con muchas complicaciones apenas logré pasar su materia. Acabó la secundaria y yo me sentía aliviado de haberlo dejado atrás, pero dejó grandes marcas. Hasta la fecha no puedo resolver un examen de matemáticas sin llegar al llanto, incluso he llegado a autolesionarme por el estrés que me causa.

Muchas veces pienso en sus palabras y me pregunto si en verdad el camino que he tomado me funcionará; y es gracioso, porque ese camino no solo me ha llevado a hacer lo que me gusta, sino también a estudiar para ser un mejor profesor de lo que él fue.

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