Antología

El cuento en cuarentena | Ser Chaplin o Bob Marley

[Como resultado del concurso “El cuento en cuarentena”, organizado por Palabrerías, con apoyo de las revistas Teresa MagazineTintero Blanco y Zompantle, este cuento se encuentra incluido en la antología El cuento en cuarentena, la cual puedes hallar de manera gratuita en Palabrerías]

Por Juan Pablo Goñi

Jamás imaginé que de la esperable frase del abuelo, una vez acabada la cena y retirados los platos, se iniciaría un camino sin retorno. Venía repitiéndola todas las noches, alternando el nombre del admirado cada vez. Supongo que la presencia de mi hermana tuvo que ver con el inesperado derrotero.

El viejo chasqueó los labios y dijo, pretendiendo ser grave, jugando al hombre ilustre que lanza su frase póstuma:

—Me hubiera gustado ser Chaplin, hacer reír al mundo sin decir una palabra.

—Ayer dijiste que te hubiera gustado ser Bob Marley.

De no tenerla del otro lado de la mesa, le hubiera dado un codazo. Tampoco podía patearla: se sentaba con las piernas dobladas debajo de la cola, sobre la silla. Cuando el abuelo empezaba con lo que le hubiera gustado ser, había que cambiar de tema o dejarlo, nunca discutirle ni animarlo a continuar ese tópico. Siguiéndole el tema, terminabas siempre en que se estaba muriendo, que ya no tenía sentido seguir, que había vivido una vida de pedo porque nadie lo recordaría y la cantinela lúgubre asociada a esas frases; los ojos se le ponían pesados y dejaba casi de mover las manos, pero ella no lo sabía: era la segunda noche que me acompañaba. Sospeché cuál era el motivo que la había convertido, de pronto, en una nieta solícita; más bien, asumí que mis sospechas eran acertadas.

—Ayer lo dije por dos motivos: uno, porque Bob Marley vino mucho después que Chaplin, era más joven, una manera de hacerme el pendejo, como dicen ustedes —¿el abuelo bromeando con el tema?, casi necesité cachetearme para creerlo. Matilde le sonrió, la muy harpía. Tres meses llevaba visitando al viejo cada noche, la pendeja no me cagaría el testamento—; la otra, lo dije porque estabas vos. Me puso tan contento que vinieras que dije Bob Marley, porque le gustaba la marihuana, como a vos.
—¡Abuelo! —la bruja le dio tres golpecitos, el viejo casi se cae de la silla con la risa.

Todo muy lindo, todo muy divertido; pero, cuando al viejo se le atravesó una carcajada en la garganta y empezó a toser, el vaso de agua se lo fui a buscar yo. Bebió despacio, riendo todavía.

Foto en Pixabay.

Matilde continuó con los golpecitos en el brazo, en la panza; las manos blancas y pequeñas, lechosas, eran calculadoras como todo en ella: los puñetazos disfrazaban caricias. El viejo nunca reía así cuando estaba a solas conmigo.

—¿No te gusta hablar, abuelo? Digo, por eso que dijiste de Chaplin.

Insistía con ponerlo mal. Siempre fue más rápida, más intuitiva, más ocurrente que yo; no me dejaba meter una frase que cambiara el tema. Era horrendo verlo abatido, arrepentido de haber vivido; me dije que ya aprendería mi hermana a hacer caso a mis señas, lástima que esa noche me condenaba a ser testigo del derrumbe. Entre tanto, no me quedó otra que seguir tomando vino.

—La verdad, me gusta hablar, sí, pero nunca fui bueno contando chistes. Por eso digo, me hubiera gustado hacer reír sin hablar, porque no sé contar.

—Creo que va a ser mejor que nos vayamos —logré decir, aprovechando que Matilde se demoró en abrir mucho la boca, como tomando carrera para la frase siguiente.

El abuelo me obvió, cogió una manito de mi hermana y se dirigió a ella:

—¿De verdad tenés apuro?, tengo un regalito para vos.

Mi hermana saltó de la silla sin preocuparse porque se le vio la bombacha negra en el proceso: medio cachete del culo le quedó al aire cuando se puso a dar saltitos, gritando que le gustaban las sorpresas. Desvergonzada. El viejo chocho aplaudía, casi se le escapó la dentadura con tanta risa.

—Está entre los discos, para que no lo vea Antonia. Esa es alérgica a la buena música.

Por lo que veía Antonia, la casa tenía una capa de polvo inmutable.

Tres meses, el abuelo nunca me había hecho un regalo. No dije nada. El viejo se extasió con la salida de mi hermana —los discos estaban en la cocina—, más que extasiarse diría que la siguió como un hombre sigue el culo que se va a comer. Me sentí asqueado, el viejo libidinoso y la pendeja que poco más le frotaba el culo por la cara. ¡Abuelo y nieta! Abrí el botón de la chomba, saqué la cruz y la besé. Pero las noticias desagradables no quedaron ahí.

—¡Sos un genio, abuelo!

¡Matilde traía un porro en la mano derecha y sostenía una bolsa blanca bien inflada con la otra mano! Me serví otro vaso de vino y lo bebí de un trago. Mi hermana encendió la hornalla con el Magiclick y se prendió el faso. La baranda me descompuso. A continuación, por una vez en la noche, el viejo me incluyó en un elogio, un elogio que no me hizo sentir nada orgulloso:

—¡Los dos salieron a mí! Vos, fumadora y tu hermano, borracho.

La conducta apropiada era levantarme y salir con el resto de dignidad que mis únicos familiares vivos me habían permitido reservar: no lo hice. Dispuesto a soportar eso y mucho más antes que dejar al anciano en manos de esa víbora cazafortunas, intenté aprovechar la circunstancia.

—¿No podés fumar afuera? Me estás contaminando los pulmones.

Amagó soplarme en la cara, pero aceptó. Salió al patio. A solas con el viejo, decidí clavar una estocada.

—¿No te parece raro que esta haya estado tres años sin verte y aparezca justo ahora que…?

Era verdad, cuando papá y mamá hicieron lo que hicieron, ella desapareció, dejándome solo con el dolor.

—¿Ahora que qué?

—Ahora que vos…

—¿Que yo qué?, ¿que me estoy muriendo?

Lo que quise evitar toda la noche se posó sobre la mesa de esa cocina que merecía un recambio. Intuí que me tocaría recibir la andanada quejosa. Permanecí callado. Aproveché y guardé la cruz otra vez bajo la chomba.

—Luisito, los regalos de la vida hay que tomarlos como vienen, quién sabe lo que habrá sufrido la pobre.

Yo no lo sabía, él tampoco: la pobre no nos había dicho nada. Mucha sonrisita, mucho culo al aire, pero de lo que hizo en esos tres años, sin noticias, nada. A esta altura, no sabía qué decirle al viejo; cada golpe terminaba rebotando y pegándome en la vuelta, como si, en vez de cuchillos afilados, estuviera lanzando un boomerang una y otra vez.

—Ella era una bebé, no tenía ni veinte años.

Bien que no le preocupaba que fuera una bebé para ojearle el culo. Menos mal que no tenía buenas tetas o hubiera sufrido una exhibición de pezones negros toda la noche.

—Vos siempre fuiste más maduro, más mayor —tres años de diferencia. Me cagaba en mi supuesta adultez—. Ella, en cambio…

El viejo encogió los hombros. Matilde nos interrumpió; además de fumar faso, lo hacía en tiempo récord. Fue encima del viejo, lo abrazó y le apoyó las tetitas sobre la clavícula. Decidí emplearme a fondo, «sacar mentira verdad», como decía mamá cuando éramos chicos y sospechaba alguna diablura.

—El abuelo me dijo que en Buenos Aires vos…

El enojo que esperaba no brotó, menos el desconcierto en la cara del abuelo; en cambio, se dedicaron una mirada tierna. El viejo dobló el cuello de una forma que le dolería toda la semana, cuanto menos.

—¿Cómo te enteraste, abuelo?

¿Se hacía la inocente?, ¿cómo te enteraste? El viejo le acarició la mano. Yo pasé del uno al otro como siguiendo un partido de tenis, incapaz de aceptar lo que escuchaba.

—Buenos Aires parece gigante, pero siempre hay un conocido de una conocida de un conocido que te ve.

El abrazo se me hizo interminable. ¿El abuelo sabía que mi hermana era una puta y nunca me lo dijo?, ¿el supuesto adulto era el único que no podía saber a qué se dedicaba su hermanita? Me vino un intenso deseo de estrangular a ese par de hipócritas; sin embargo, lo peor no había llegado.

—Por eso te pedí que vinieras, sabía que el Rolo te iba a encontrar fácil con las señas que teníamos. Te traje para sacarte de eso. Acá vas a tener esta casa, vas a poder empezar otra vez. El quiosco está surtido, cuando lo atiendas va a volver a ser el quiosco más mentado de la ciudad.

Mi cara debió borrarse, mi cuerpo debió desvanecerse, porque aquellos dos ni me dedicaron una mirada de reojo. Mi hermana demostró lo buena que era en su oficio besando la frente de mi abuelo como una devota besando los pies del cristo en una ceremonia de semana santa. Acababa de recibir un proyecto letal, el abuelo había disparado munición pesada. ¿Por qué no había aprovechado la oportunidad cuando la tuve? A nadie le hubiera extrañado que mi abuelo despertara muerto; que no despertara, mejor dicho. Nada me hubiera costado sofocarlo con una almohada: el viejo estaba enfermo, el barrio lo sabía, no habría investigación y mi hermana no se hubiera enterado de la apertura de la sucesión. ¡Y la tenía alojada en mi casa!

—Por eso no vine a verte, me moría de vergüenza de que te enteraras… y vos sabiéndolo todo el tiempo…

Mentirosa, no vino porque nunca le importó y si vino ahora fue porque olió la herencia; que soñara con la casa y el quiosco, el viejo no estaría para objetar cuando abriera la sucesión. La mitad quedaba salvada.

—Ahora estás acá, es lo que importa.

La dulzura artificial me empalagó. Elucubré mil maneras de matarla, la almohada con ella no serviría, muy joven para un infarto sin antecedentes previos.

—Esta noche me quedo con vos.

Perdido por perdido, no objeté.

—¿Pensás que me voy a morir esta noche? Tranquila, Matilde, quedate sin miedo —y acostate conmigo, le faltaba decir. ¡Incesto frente a mis ojos, en mi familia!—: la enfermedad fue una mentira, un truco para ver si te conmovía y venías…

Y ahí fue donde me brotó lo que le brotó a mamá la noche que se enteró de la existencia de la otra, mató a papá y después se cortó las venas en la bañera. Lo demás, está en los periódicos.

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