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El cuento en cuarentena | El trato

[Como resultado del concurso “El cuento en cuarentena”, organizado por Palabrerías, con apoyo de las revistas Teresa MagazineTintero Blanco y Zompantle, este cuento se encuentra incluido en la antología El cuento en cuarentena, la cual puedes hallar de manera gratuita en Palabrerías]

Por Joaquin Parissi

 

Muy linda cosa es,
por parte de todo gran señor,
el hablar tan humanamente
hasta con el diablo.
J. W. GOETHE, Fausto

La tarde era calurosa. Desde la ventana de mi apartamento se veía un pedazo del cielo: comenzaba a atardecer, parecía como si los edificios del centro se ablandaran bajo aquella luz dorada; el mármol y el tezontle se volvían naranjas maduras que chorreaban su jugo amarillo a las banquetas. Casi no se escuchaban coches, solo el rugido ocasional y lejano de un trolebús. La ciudad bostezaba y en cada bostezo la vida se desperdigaba para irse a meter a pulquerías, bares y puestos de comida. Muy pronto las marquesinas de los cines y los cabarets se encenderían para atraer con sus luces chillonas a los oficinistas y a las amas de casa, a los estudiantes cansados de no estudiar, a los amantes hambrientos de privacidad. Era viernes, el lunes se sentía ya muy lejano. En vez de salir al cine o irme a emborrachar, estaba recostado, fumando con avidez; mientras contemplaba las resecas vigas de la habitación, pensaba en el trueque que me había ofrecido el diablo esa misma mañana.

Sucedió mientras iba caminando por la calle de San Juan de Letrán, rumbo a mi trabajo. Me había despertado media hora más tarde que de costumbre y la prisa ya me mordía los pies. Esperaba a cruzar para la avenida Hidalgo cuando un hombre muy arrugado y mal vestido me habló.

—Buenos días, señor.

—Buenos días —respondí por inercia.

—Está agradable la mañana.

—Sí, muy agradable.

—Como para no quejarse, ¿verdad?

Asentí distraídamente. Los coches pasaban furiosos, echando fuego y humo por los escapes, no podía cruzar.

—Aun así —siguió hablando—, usted tiene muchas quejas, ¿verdad que sí, Salvador?

—¿Lo conozco? —pregunté.

—No, pero yo a usted sí, ¿no le digo que tiene un montón de quejas?: no le gusta su trabajo, no le gusta donde vive, la mujer que le gusta no le da ni un hueso de chabacano, mucho menos ha terminado el libro que quiere publicar… ¿me equivoco en algo, Salvador Tezontle?

La masa desordenada de coches se había detenido, me disponía a cruzar en el momento en el que el viejo me gritó:

—Aunque sea hágame un favor: ayúdeme a levantarme, la edad me soldó las coyunturas y ya ni eso puedo.

Me acerqué a él y le di la mano. Hizo fuerza y se puso de pie. Sus manos eran callosas, las uñas las tenía largas y ennegrecidas por la mugre; el viejo olía como a cantina. Me pidió que también lo llevara a su cuarto. «Está aquí en el primer patio», me dijo, al mismo tiempo que señalaba la entrada de una vecindad. «¡Cómo eres tonto, Salvador!», pensé, «vas tarde para el trabajo y todavía te pones a ayudar a viejos rengos».

La vecindad era oscura y húmeda, todo el lugar olía como a cerillo quemado y hacía un calor insoportable. Dejé al viejo en la entrada de un jacal sucio. Agarró aire y me dijo:

—¿No gusta un vasito de agua?, hace mucho calor.

Acepté, sentía la garganta correosa: el aire viciado y caliente me secaba la saliva. Entré y me senté en una silla de mimbre. El viejo sacó dos jarritos y los llenó de agua, me acercó uno y el otro se lo zampó de un trago: el agua le chorreaba por la barba.

—Gracias por ayudarme —dijo—. Últimamente ya nadie me hace favores, pero debió haber visto cuando era alguien importante: la gente hacía horas de cola para poder verme, me regalaban cajas de puros y botellas de coñac; sin embargo, me vine para abajo y me quedé sin nadie. ¡Bien dicen que los verdaderos amigos se cuentan con los dedos de una mano!

Por el tono de nostalgia con el que hablaba, imaginé que el viejo había sido un político importante, porfirista de seguro. Miré el reloj con impaciencia: ya iba un cuarto de hora tarde.

—Bueno, señor —dije, haciendo ademán de levantarme—, me tengo que retirar.

—¿No quiere saber qué era yo antes?

—No me interesa. Gracias por el agua

—Ándele, adivine.

Se me hacía chocante la insistencia del anciano. Para salir rápido del asunto acerté a decir:

—Diputado.

—Uy, no. Se quedó muy abajo.

—Diplomático.

—Más arriba —respondió mientras agitaba las manos hacía el techo.

—¿Presidente?

—Así mero.

«Viejo loco, nada más andaba buscando a un cándido para poder contarle sus desvaríos», pensé con molestia.

—¿Apoco fue usted presidente? —le contesté, medio asombrado y medio incrédulo.

—Lo sigo siendo —continuó—. No de un país, sino de un lugar, un espacio desconocido, si así quiere llamarle.

—¿Y ese lugar es? —respondí con las palabras untadas de incredulidad.

—El Infierno —dijo—. Yo soy el diablo, Salvador.

Solté una carcajada. El falso diablo siguió mirándome amablemente. Consciente de que mi risa lo ofendía, cerré mis mandíbulas tan rápido que se oyó el choque de los dientes.

—¿No me cree?

No dije nada, la vergüenza me pesaba en los ojos. De repente, el viejo también soltó una carcajada. Sentí como si me quitaran una loza de la espalda: el hombre se reía de su broma.

—Un último favor, ¿podría regalarme un cigarro?

Revolví la bolsa izquierda de mi saco: se me habían acabad, me disculpé con el viejo.

—¿Seguro que no tiene? —dijo sonriendo con malicia—. A ver, vuélvale a buscar.

No quería volver a pasar vergüenzas. Busqué en el mismo bolsillo, con asombro encontré un cartón nuevecito.

El viejo soltaba risillas. Le extendí temblorosamente la cajetilla, sacó un cigarro y lo encendió.

—Ya ve cómo sí soy el diablo.

Naturalmente no lo podía creer; no porque no creyera en el diablo, sino porque el encuentro fue ordinario y nada parecido a las leyendas que contaban mis tías: el demonio no se me apareció vestido de charro, mucho menos surgió de las sombras después de que yo renegara de mi fe, tampoco su intromisión fue debida a una apuesta entre él y Dios padre (cosa que, al contrario de lo que le pasó a Job, me parece improbable ya que nunca he sido un cristiano ejemplar). Alcancé a escuchar que deseaba hacer negocios conmigo, también dijo que me conocía desde hacía mucho tiempo; «Tengo particular afición a los desesperados por vivir», siguió hablando, dijo algo acerca del doctor Fausto, presumió que había hecho negocios hasta con el mismo Victoriano Huerta. Movía las manos con gracia y agilidad. De mi boca salían palabras a borbotones, como si por el miedo se me escaparan.

—¿Y cuál es el trato que quiere hacer conmigo?

—Qué bueno que ya entramos en materia. El trato consiste en que le doy su vida soñada a cambio de una bicoca. Algo que usted no va a extrañar.

—No me diga que mi alma.

—No, no, un alma no me sirve de mucho: ¡ya tengo tantas y cada día me llegan más!, el infierno está que vomita pecadores. El trueque es a cambio de algo mejor.

La respuesta me desorientó: según lo que me habían enseñado, el diablo siempre hacía favores a cambio de las almas; que me ofreciera un trato diferente se me hacía muy raro. ¿Qué había mejor que el alma de un cristiano?, no se me ocurría nada.

—Quiero que me venda el mundo —dijo, sacando el humo por las narinas.

—¿Apoco le puedo vender el mundo?

—¡Pero claro que puede! El mundo es suyo. Bueno, al menos me puede vender su mundo. Mire, por mucho que digan que yo cumplo caprichos, no puedo andar cambiando realidades a diestra y siniestra: tengo que recibir algo para hacerlo. ¿Apoco se pueden hacer cazuelas sin barro?, ¿verdad que no? Que yo haga los sueños realidad cuesta y cuesta caro (depende de lo que me pidan). El único que hace milagritos gratis es el mero jefe, ¿me entiende usted? —asentí—. ¿Qué dice, Salvador? Le aseguro que firmar un contrato conmigo es mucho más provechoso que seguir trabajando en esa vulgar aseguradora. Nada más imagínese: las preocupaciones lo dejarían en paz, viviría a placer, siendo amo y señor de su existencia. ¡Pero para qué le digo todo esto!, usted es un tipo inteligente, no necesito convencerlo con chapuzas de vendedor de llantas.

Se calló de golpe y siguió fumando tranquilamente: el humo ascendía formando guirnaldas azules que terminaban apachurrándose en el techo del cuartucho donde estábamos; así estuvo durante unos cinco minutos, el olor a azufre era insoportable. Se le acabó el cigarro y en seguida encendió otro.

Me molestó ser otro desgraciado al que Mefisto le ofrecía una vida de lujo; más que una oportunidad (o, si me ponía de vanidoso, un privilegio), el ofrecimiento me pareció un insulto: me fue inevitable pensar que mi vida era tan espantosa que incluso el mismísimo demonio (y no Dios) se apiadaba de mí.

—Vamos a hacer una cosa: voy a dejar que lo piense. A pesar de que el tiempo no pasa cuando yo aparezco, me incomoda seguirlo reteniendo, debe tener cosas más interesantes que hacer. ¿Qué le parece si usted me llama cuando se decida?

—¿Y cómo lo llamo?, ¿marco 666 en el teléfono o le mando una carta con dirección al noveno círculo infernal? —dije, sin poder contener la ironía.

—No, cómo cree —respondió amablemente—. Solo diga mi nombre, sé acudir cuando la gente me necesita.

Era la madrugada del domingo, la calle estaba casi a oscuras, la luz amarillenta del farol alargaba las sombras de mi cuarto, no había corrido las cortinas y seguía acostado.

¿A qué se refería cuando dijo que le vendiera mi mundo? Como dije, no me había pedido mi alma. ¿Qué pasaría cuando muriera?, ¿herviría en el azufre del infierno?, tal vez no; ¿contemplaría el pacto una clausula parecida a la de Fausto?, imposible: el diablo saldría perdiendo, no he vivido un momento que quisiera repetir.

Después de que me gradué de la facultad de Filosofía y Letras, entré a trabajar a la Compañía Aseguradora Nacional y mi vida se convirtió en una especie de encierro. Cuando la gente escucha la palabra encierro se imagina un cuarto oscuro y sin ventanas, algunos lo imaginan caluroso, otros creen que es frío, yo pienso que no es así: el encierro puede darse en plena libertad, sin importar que uno pueda ir a donde quiera.

Tenía la oportunidad de escapar, pero a cambio del encierro desproporcionado del Infierno: «Los que le venden su alma al diablo se van derechito al Infierno», decía mi abuela cuando terminaba de contar sus cuentos de aparecidos. Encendí otro cigarro. «Pero —pensé— no le estaría vendiendo mi alma al diablo, así que no terminaría condenado eternamente»; la idea me enfrió la cabeza. Se me había ofrecido la llave de mi jaula (utilizaré tan trillada metáfora porque, a punta de escucharla tanto, se me hace muy válida) a un precio insignificante: mi mundo, ¿qué iba yo a extrañar de él? Nada, ni mi trabajo ni mis relaciones personales. Estaba dicho. El precio me seguía pareciendo risible. Llamé al diablo: no hubo respuesta; lo llamé otra vez y nada, a la tercera alguien tocó la puerta. Me levanté de un salto y la abrí: no había nadie.

—Buenas noches, Salvador —la voz rebotó en las paredes descarapeladas. El diablo estaba detrás de mí.

Después de firmar el contrato (que, al contrario de lo que creí, no firmé con sangre, sino con una pluma Sheaffer de tinta azul), el demonio me notificó que mi nueva vida comenzaría en la mañana. Ahora que ya nos teníamos más confianza, le pregunté por qué, siendo una criatura cósmica, estaba en tal estado de indigencia.

—Porque ya nadie hace tratos conmigo, Salvador. En este mundo moderno, la gente prefiere venderle su alma a los bancos y a las grandes compañías, en forma de hipoteca o solicitud de préstamo. Ya nadie me busca, ni siquiera los políticos o los artistas frustrados. Usted es el primer cliente que tengo desde hace meses. Eso sí, le advierto que ya no se puede echar para atrás: no hay cambios ni devoluciones, a palo dado, ni Dios lo quita.

Se despidió amablemente. Fue la penúltima vez que lo vi.

La mañana siguiente no fue muy diferente a las otras; impulsado por la fuerza de la rutina, me levanté para ir al trabajo. En San Juan de Letrán nada parecía haber cambiado: la gente iba con prisa, los vendedores seguían pregonando sus productos, las jacarandas alzaban al cielo sus brazos púrpuras. Llegué al severo edificio de mármol, mi oficina seguía igual, con todo y sus escritorios y secretarias grises; nada me pareció más cómodo o más onírico. «Todo a su debido tiempo —pensé—; te lo dijo él, cambiar la realidad cuesta». Sin embargo, ni todo llegó a su debido tiempo ni la realidad cambió: una semana después del cierre del negocio, todo estaba como pasmado; la rutina era inexorable, tal vez más pesada, ¿por qué tardaba tanto? Llamé muchas veces al diablo, pero nunca apareció; la boca se me cansó de decir Lucifer, era innegable: el diablo me había engañado. Me molestaba menos su falta de cabalidad que mi generosa estupidez, tenía la desagradable sensación de haber perdido sin haber jugado ninguna de mis cartas: había vendido mi mundo y al final todo seguía igual.

Seguramente el contrato tenía las chocantes letras pequeñas; igual de posible era que firmar el contrato me obligara a cumplir con mi parte, pero no necesariamente el diablo tendría que cumplir con la suya. Después de una semana quebrándome la cabeza para descubrir la trácala, me encontré a Mefisto saliendo de la Casa de los Azulejos: ya no parecía un vejete pobre y rengo; seguía viejo, aunque ahora iba (al fin) vestido elegantemente de negro y fumando un puro. Lo llamé, al principio se hizo el que no me vio, así que lo detuve agarrándolo de los hombros y no tuvo más remedio que saludarme; le reproché su falta de compromiso, su mezquindad, su diabólica astucia, mientras yo reventaba, él seguía sonriendo.

—Pero, Salvador, no he faltado a las estipulaciones del contrato. El trueque era muy claro: su mundo a cambio de una vida soñada. Y eso le di.

—No tengo una vida mejor. Todo sigue igual. Mi vida sigue igual.

—Nunca le dije que una vida soñada era una vida mejor. Su vida no es mejor, pero efectivamente es soñada: usted ya no pertenece a la realidad.

—¿Estoy muerto? ¿No el diablo no puede matar a nadie?

—No, usted no está muerto, simplemente es un sueño. ¿Ve toda esta gente?, de seguro alguno o varios lo están imaginando. No sé a ciencia cierta quiénes, tampoco lo sé todo —miró un momento mi rostro untado de espanto y continuó—. Déjeme le explico: seguramente ha leído usted a Spinoza, simplemente apliqué esa vieja idea de que todos ustedes son «modificaciones de la sustancia divina»; al venderme su mundo, me dio un poco de su divinidad. ¡Mire nomás qué bien me va! Hasta un pobre muerto de hambre como usted tiene algo de divino. Lo que no es modificación de la mente de Dios es un invento de la imaginación humana, así que usted ahora es un sueño; eso sí, me encargué de que sea una fantasmagoría muy real: cuando lo dejen de soñar (cosa que veo bastante improbable), entonces dejará de existir. No irá al Infierno, no me vendió su alma, simplemente desaparecerá, como la espuma de las olas, dejará de ser parte de esta trama divina de hombres y sueños —no dije nada: la explicación me había dejado medio aliviado, al menos no iría al Infierno—. ¿Lo ve? —siguió diciendo—, no falté en nada. Nunca le dije que su vida sería mejor, eso sí sería difícil de lograr, incluso para mí. Recuerde que le advertí que no se podía echar para atrás: lo hecho hecho está.

Caminó rumbo a Donceles, lo perdí cuando dio vuelta en una esquina. Entré al restaurante y pedí un vaso de agua, sentía como si me hubiera tragado un puño de tierra. Observé atentamente: los libros, las sillas, la plata en las vitrinas, el tintineo de las copas, el mural de Orozco, todo era un sueño; afuera los coches, Bellas Artes, la luz de los faroles, el taconeo de las mujeres, todo era igual de irreal. Me vi las manos (hartas de tanto escribir). En la ventana se reflejaba otra ilusión: mi rostro cansado y los ojos en los que se asomaba la esperanza. Por primera vez no sentía miedo, ser la sombra de una sombra no daba miedo. Abrí la puerta y me golpeó el ruido de la calle: afuera me esperaban otros sueños.

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