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El cuento en cuarentena | Casa vacía

[Como resultado del concurso “El cuento en cuarentena”, organizado por Palabrerías, con apoyo de las revistas Teresa MagazineTintero Blanco y Zompantle, este cuento será incluido en la antología El cuento en cuarentena, la cual podrás hallar próximamente de manera gratuita en la página de Palabrerías]

Por Madai Ramírez Cisneros

Lo único que me queda es el miedo. Ya no poseo nada más, ni las ganas ni las fuerzas: solo es miedo. Ya no tengo sueños, ya no tengo alma: solo miedo. Sigo viva de milagro porque ni el coraje conservo. Me lo han quitado todo, a veces ha sido de golpe y otras me han torturado, pero no tengo nada más que dar. La próxima vez que vengan encontrarán una casa en ruinas con las pocas piedras de los cimientos y unos cuantos pilares, aunque ya sin techo. Yo estoy sentada esperándolos, cuando me canso me acuesto en el suelo y cuando hace frío apoyo las rodillas contra mi pecho. Vendrán a exigir lo que carezco, ¿qué voy a darles? No van a aceptar las cicatrices, no van a querer los escombros y se marcharán enojados como la última vez, pero regresarán pensando que les mentí o que he conseguido algo más. Quizá en la próxima ocasión que aparezcan por este lugar tendrán tantita misericordia y ahora sí me matarán. Me he cansado de esperar; sin embargo, ellos saben que aquí estoy, así que tengo la certeza de que volverán. No siempre vienen los mismos, pero sé que lo harán. No sé si huir o prepararme para su llegada. Tal vez pueda reconstruir mi refugio: volver a alzar las paredes y poner una barda para que no entren jamás, pero ¿y si mi sistema falla y vuelven a traspasar sus muros?, ¿y si vuelven a usar la madera de sus vigas para leña?, ¿y si se llevan otra vez sus muebles y sus cuadros?

Una vez fue la casa más bonita: en la entrada había un pequeño pórtico donde me sentaba a leer y regaba las plantas; pequeñas macetas con flores pendían del techo; por dentro, el papel tapiz era de jacarandas rosas y moradas; sobre los sillones ponía ordenadamente por tamaño cojines de colores vivos como el verde, el azul y el amarillo; los manteles tenían bordados de aves y tejidos de crochet; en las paredes colgaba los cuadros de paisajes con lagos, bosques o con los pueblitos más pintorescos; la biblioteca rebosaba de novelas y libros de poesía, y el aroma que impregnaba todas las habitaciones provenía de la cocina, casi siempre olía a roles de canela y café por las tardes. No había compañía, pero estaba completa y estaba feliz.

Hoy ha llegado un intruso; dijo que no tenga miedo, que trajo comida, y me extendió su mano. Me he acercado sigilosa y con cautela. Todo bien. Después, me ofreció una cobija porque vio que tiemblo de frío. No quiero aceptarla. No debo aceptarla; sin embargo, tengo que hacerlo. Ha prendido lo que quedaba de la chimenea, lo cual bastará para calentarnos. Nos hemos sentados frente al fuego y, mientras tanto, él habla de cosas que no escucho. Ojalá se vaya pronto.

Anoche me quedé dormida y hoy por la mañana había desaparecido, sentí un alivio, mismo que se desvaneció más tarde cuando lo vi en la entrada con algo de pan y fruta. Sigue sin callarse, es muy molesto.  Ha resultado muy cómodo que me traiga la comida, aunque tal vez no vale la pena porque ahora no puedo disfrutar mi soledad. Dice que no puedo vivir así, que la casa debe tener techos y paredes, que me ayudará a arreglarla. Trajo herramientas para trabajar en ella, pero ni siquiera me preguntó si yo quería hacerlo y comenzó a repararla inmediatamente.

En unos días levantó los muros. Al principio yo solamente lo observaba; ahora colaboro con lo que puedo, pues no sé mucho de esto: le paso las herramientas y detengo la escalera de metal para que no se caiga, muevo la madera a donde me indica, incluso pintaré las paredes, eso parece sencillo. Cuando el techo esté listo, iré a comprar plantas y muebles para volver a hacer de este un hogar.

Conforme pasaron los días, nuestras comidas juntos se hicieron un hábito. Me he acostumbrado a sus ruidos y sus sinsentidos. A veces me gustaría decirle que las cosas no son así, pero parece feliz tratando de explicarme un tema que cree que domina, no le contesto para no herirlo. Hoy le he contado por qué la casa estaba en las condiciones en que nos encontró, no pude evitar hablar llorando; me abrazó dulcemente y me acercó a su pecho para consolarme y decirme que todo estará bien, siento que puede ser así, deseo tanto creerlo.

Me he levantado temprano y he colocado el papel tapiz de la sala. Ya solo falta terminar la cocina y el baño. Voy a arreglarme para que me vea bonita. Cuando estaba en el baño, escuché un ruido en la sala, me vestí apresuradamente y bajé a ver qué pasaba: era él y está de mal humor. Me ha gritado hasta el cansancio que soy una tonta, que el papel no se coloca así, que lo he arruinado todo, que he desperdiciado su dinero y que tendrá que ir a comprar más. Por supuesto, salí llorando: nunca me había gritado de esa manera, en verdad debí haberlo estropeado. Únicamente quería sorprenderlo, quería hacer algo bueno para él.  Voy a tratar de contentarlo, le prepararé una comida especial. Él sabe que nunca cocino, seguro lo apreciará. Además, quiero hacer algo agradable para él porque me ha ayudado mucho.

Cuando regresé, la puerta de enfrente no abría, tenía seguro; la trasera estaba trabada también. “Por favor, abre”. No contestó. Golpeé el picaporte muchas veces y grité su nombre, pero no salió; tal vez no estaba adentro. Me senté en las escaleras del pórtico y lo esperé mucho rato. Al cabo de unas horas, la chimenea comenzó a echar humo. En lo que mi corazón comenzaba a latir tan fuerte que lo sentía en la garganta, como cuando sabes que algo terrible va a pasar y solamente estás a punto de comprobarlo, yo me dirigía a la ventana de la cocina desde donde, segundos más tarde, pude observar cómo él charlaba con una mujer mucho más joven: se reían juntos. Un par de lágrimas bajaba por mis mejillas al mismo tiempo que una llama se encendía en mi pecho. Maldito: durante todo este tiempo ha planeado quedarse con mi casa y deshacerse de mí. Mil veces maldito. El calor que había surgido hace unos momentos se propagaba en mi cuerpo, lo sentí en los brazos y luego en la cara; pronto se transformó en una llama que se transmitió de mis manos a la casa. Mientras el fuego se esparcía, ellos seguían riéndose y yo observa callada. Cuando los vidrios se rompieron ellos se percataron de que la cabaña se incendiaba, por lo que intentaron escapar, pero era muy tarde: todas las entradas estaban bloqueadas. Caminé hacia el bosque aún ardiendo. Poco a poco el fuego dentro de mí se fue apagando y con él se llevó todo mi pelo; en su lugar, me quedé con la piel por partes rojiza, por partes blanca y con algunas ampollas distribuidas en todo el cuerpo. Sigo avanzando. Todo me duele. Todo me arde.

Un comentario

  1. Un cuento interesante, dramático con mucho rencor, como está siendo la vida en la provincia mexicana: con inseguridad un día y otro también. Con mucho dolor y mucho miedo. Ambos con razón.

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