El cuento en cuarentena|Rupestres

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Por Adler Rizieri Jiménez

Te tomo la mano tímidamente. La sangre que bombea mi cuerpo no termina de decidir si irá a la cara, las manos o el pecho. En esa falda luces capaz de derretir a un hombre, es por eso, quizá, que aparto los ojos de cuando en cuando, no es sano ver tanto tiempo las cosas brillantes. Dejamos que nuestras miradas divaguen y que corran las promesas torrenciales por el campo. Es una tarde poderosa, así que invoco a su fuerza para pedírtelo, ―mas, ¿qué he de pedir? Si antes debo ofrecer, pues es de sacrificios que se engalana el amor en el cielo. Si los redimidos ángeles salpican sus lágrimas en la yerma y es entonces que labramos nuestras vidas en historias y sufrimientos.

Estoy temblando, tú conmigo, y estoy seguro de sentir que el también mundo da vuelcos como mi corazón de animal enjaulado. El atardecer enciende tus cabellos castaños como un fuego en plenitud, tus mejillas se sonrojan y el envidioso sol crepuscular imita sus colores. Sobre estos momentos me hablaron largamente mis amigos y conocidos ―cuando te golpeas de bruces con el amor, ese es el momento decisivo en la vida del hombre―.

“Eres mía y nos pertenecemos”, reza una canción en la eternidad, y alcanzo a oír que alguien reza un padrenuestro en una banca detrás nuestro, reza dos, tres, seguirá haciéndolo un buen rato, mejor dejarlo. Poco importa, bien podríamos fundir ahora nuestras almas desde los labios, dejar que ardan los campos y se vengan abajo todos los imperios. Parece lo más razonable que se puede hacer en los días que nos tocó vivir, pues se sienten como el cierre para la edad de la razón.

Tu rostro se acerca lentamente, me siento congelado en una fotografía, con el escalofrío zumbando en mis oídos, el calofrío colectivo de un una acera llena de vecinos estupefactos. En el entretanto, ante mis ojos no recorre la vida mía, sino el futuro: florecemos, el tiempo está de nuestro lado, amplios caminos se abren frente a nuestras manos mientras se desdoblan mundos y, en el firmamento, es el amor señor y soberano del universo al ver a las esferas rodar en armonía. Tú eres esa armonía con que, inconmensurables, danzan en el caos las galaxias, destruyéndose a sí mismas, una y otra vez.

Y entonces, en aquel futuro, sólo existiremos los dos.

Existiremos aun cuando los desquiciados en una sala de juntas han decidido apretar botones como si no hubiera un mañana, quizá para que no haya un mañana ni haya mañanas es que han arrojado pequeños soles a lo largo del globo. Mil kilotones nacidos de una guerra prematura que burbujea en el mapa, declaran la muerte definitiva de la globalización. Aun cuando lloverá el dolor esponjoso, un hongo de felpa que nos devore la carne y nos derrita los ojos dentro de las propias cuencas, que raspe molecularmente la médula hasta deshacer el tuétano. A pesar de eso, nuestro edificio favorito en la calle principal, junto al parque de Los Ancianos, nos verá allí, sentados, tomados de las manos.

“Te juro por todo lo que poseo
Siempre, siempre serás mía”

Un corto adiós que, sin embargo, es lo suficientemente largo para permitir esconder el miedo en divagaciones. Cada una de las partículas de mi cuerpo está pronta a ser arrancada en un beso. Quizá, en algún punto, nuestros átomos serán reconstruidos juntos y nos pertenecerán al fin. Mientras tanto, dejaremos nuestro amor plasmado en una banca, sombra impresa en ceniza, en una tierra que no osará nadie volver a pisar. Es gracioso, tanto recorrer para terminar pasando a la historia como un hórrido y atómico dibujo rupestre.